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Archive for 25 mayo 2011

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.........Extraído del libro “Conversaciones entre el mono y la princesa”.

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– ¡Princesa!

El mono que le ladraba a la luna no había escuchado nada…, (la princesa sabía ser muy sigilosa cuando quería), pero había olido el aire. Antes de girarse y darle la espalda a la luna, ya sabía a quién se iba a encontrar. Nadie olía como ella…

– ¡Hola, mono presuntuoso! –saludó la princesa tratando de disimular su tristeza con una broma mordaz.

El mono intuyó rápidamente que no era maldad sino añoranza lo que sentía la princesa, y no se lo tomó en cuenta.

– Tiempo que no os veía, alteza.

– Sí… ¿Qué tal tu luna?

– Bien. Fiel. Puntual y precisa, como siempre. Con sus sonrisas afiladas cual gato de Cheshire, y sus rotundas redondeces. Implacable por otra parte; las mareas siguen a sus órdenes. Los enamorados, escribiéndole poemas.

– ¿Y tú? ¿Sigues ladrándole?

– ¿Y vos vagando a ciegas entre vuestros aciertos y vuestros errores?

– Ya sabes…

– No. No sé…

– Tú lo dijiste una noche hace mil años: “Cada uno hace aquello para lo que fue inventado”.

– Ya, pero yo disfruto.

– Y yo.

– Pues, disculpadme la osadía, Princesa, pero no se os nota.

– Ya…, es que yo tengo una forma muy rara de disfrutar.

La princesa se sentó junto al mono, que le hizo un hueco en la rama de su árbol imaginario, y ambos posaron su mirada sobre la Dama de la Noche, que andaba, discreta, en fase menguante…

– En serio, Princesa, –continuó el mono sin atreverse a mirarla- me alegro mucho de veros de nuevo…

– Bueno… He venido a decirte sólo que estoy sola. Y que lo entiendo.

– ¿Que entendéis qué?

– Que estoy sola.

– ¿Y no estáis triste?

– A veces. Lo justo. No hay nada como entender.

– ¿El príncipe subió a su hermoso corcel y cabalgó incansable hacia otro cuento?

– No. Está…, donde siempre estuvo. Ya sabes…, en mis largas noches inventadas. En mis mañanas de sangre y tiritas. En la dulce ausencia de palabras.

– ¿No hablabais?

– A veces un beso es más dulce y dice más, que la más dulce de las palabras…

Silencio. El mono no entiende mucho de besos. Ni de palabras. Pero sabe que la Princesa no es princesa por nada…

– ¿Vais a desaparecer de nuevo, calle desierta arriba, de nuevo…, en dirección contraria?

– No. Voy a quedarme aquí, contigo, querido Mono…

– ¿Aquí? ¿Conmigo?

El mono no podía creer tanta fortuna…

– Sí… Así será.

– Lo decís con tristeza…

– No, Mono querido. Bueno, quizá una poca. Pero lo digo con respeto. Sobre todo con cariño. Desde mi sabiduría recién estrenada…

– ¿Se ha acabado entonces el cuento?

– No. No es exactamente eso… Este cuento no tiene ni principio ni fin, apreciado Mono. Es tan antiguo como el más antiguo de los tiempos, y de la misma forma…, eterno.

De nuevo el mono no entendió. Pero no le importó demasiado. Con un gesto aparentemente fortuito, se acercó un poco más a la princesa. Además de oler deliciosamente, su cuerpo emanaba una suave tibieza que le resultaba embriagadora… Una extraña mezcla de excitación y descanso…Como una ducha de agua caliente… Acariciadora.

– Pero… ¿En serio que no estáis triste? ¿Ni tan siquiera un poco enojada?

La princesa se carcajeó suavemente…

– No, Mono querido. No. Cada cuento tiene su forma… Sólo hay que entender que nada, por más eterno que sea, es para siempre.

– Pues fijaos que…, ahora sí que os veo en la mirada…

– ¿Qué?

– No sé… –dudó el mono.

– ¿Qué?

– No sé. ¿Serenidad? ¿Comprensión? ¿Aceptación?

– Llámalo Amor, querido Mono. Llámalo Amor.

– ¿Lo invocáis al llamarlo?

– No. Al contrario. Lo dejo en libertad…

– Disculpad, Princesa…, pero seguís siendo muy extraña…

– Recuerda, estimado Mono, lo que dice la canción que viene de las estrellas: No hay amor más bello ni cuento más hermoso, que aquel que cuando acaba…, te hace sonreír con su recuerdo…

Y el mono, que no supo qué decir…, guardó silencio. No le gustaban las rimas fáciles.

Al rato le ladró un poco a la luna, por costumbre, y volvió a quedar callado.

Por fin, de reojo, osó mirar a la princesa. Y por un momento, creyó haberlo entendido todo…

La princesa, muy quieta, trenzada la piel de caricias y soledades, con un bello brillo en los ojos…, la mirada baja, como turbada, como viviendo en el recuerdo algún otro momento del tiempo…, estaba, sin embargo, muy hermosa.

La princesa había comprendido. La princesa…, estaba sonriendo.

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(Dedicado, con cariño, a mi amiga de Oberón. Ella ya sabe quién es. Y por qué… :)

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Para leer este relato breve, titulado “Con todo mi odio”, pincha el enlace directo a mi otro blog Instantáneas y Palabras…

Espero que te guste…
 
 
 

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Mi querido profesor

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
A mi querido profesor…

Todos hemos tenido un profesor que ha marcado nuestra adolescencia. Alguien que, quizá sin saberlo, ha contribuido a encaminar nuestros pasos, a forjar nuestro carácter, a decidir la senda por la que intentaremos abrirnos un hueco. A conformar nuestro destino.

Yo también.

Hoy, el colegio en el que da clases mi querido profesor, ha cumplido 25 años y ha hecho una especie de fiesta-reunión de antiguos alumnos. Y mi querido profesor también celebra fecha redonda, hace 20 años que él da clases en dicho colegio.

Cuando llegó era un joven de apenas 23 años. Delgado, atlético, con una abundante melena de rizos negros, vaqueros muy ajustados, pendiente de cruz en la oreja derecha, una franca y cómoda sonrisa, y mil sueños por cumplir. La carrera de Físicas recién sacadita, con una matrícula de honor en Historia de la Física. Aunque él no quiera reconocerlo, casi un “cerebrín”.

Pero mi querido profesor nació para enseñar. Mi querido profesor adora enseñar por encima de casi todas las cosas.

Mi querido profesor es de los que no suele sacar el látigo en clase. Él prefiere la broma a la bronca, el cariño al miedo, la trabajada confianza a la gélida distancia. La cercanía, las risas, la camaradería. El tú a tú. Así es como se ha granjeado el impresionante respeto y el cariño sincero de la gran mayoría de sus alumnos.

A todas luces, desde la otra parte del estrado, parece un tipo bien afortunado. Con pareja estable desde dos años antes de llegar al colegio, de la que habla maravillas siempre que tiene ocasión… Y siempre presente en los vectores “B-A”. Con una familia unida y maravillosa. Una vida tranquila… Es mucho de leer al aire libre y de pasear a sus perros, -siempre tiene varios-. A los que, a juzgar por cómo habla de ellos, adora.

Ni tan siquiera en la época en la que pasó por el cáncer y perdió toda la melena, y la barba, ¡hasta las cejas y las pestañas!, lo vimos perder ni un sólo día la sonrisa, y no dejó de ir a trabajar más de lo rigurosamente necesario. Sí es verdad que andaba más lento, menos vivo de movimientos, quizá. Se le veía pálido y algo cansado, pero jamás dejó de interesarse por todos y cada uno de los que estaban en clase. Ni escatimó un esfuerzo en explicar las malditas integrales aunque le flaquearan las fuerzas, ni dejó de invertir un minuto de su tiempo en su generosa entrega a los demás. A cualquiera que pudiera necesitarlo.

Un tío íntegro amante de su trabajo. Consciente de lo importante que es enseñar. Aún más, formar personas. Incluso aún más: Enseñar a pensar. Ese ha sido siempre -y sigue siendo- su objetivo por encima de conceptos, teoremas o leyes… Enseñar a pensar.

Una gran persona, sobre todo, mi querido profesor.

Por eso hoy, durante tres horas, de forma ininterrumpida y densa, le han llovido los largos y ceñidos abrazos, los besos cálidos y apretados, las palabras de agradecimiento y cariño de hombres y mujeres, algunos ya con sus propios hijos, que un día fueron adolescentes perdidos o rebeldes, que siempre encontraron en él una respuesta aunque no fuera sobre energía, límites, o la teoría especial de la relatividad.

Mi querido profesor siempre estuvo ahí. Puntual como un reloj en las clases, servicial y solícito en los tiempos libres o de recreo. Condescendiente y a la vez enérgico, hábil con la mano izquierda. De los que acaban cosechando, sin proponérselo, una concienzuda siembra de confianza, ternura y respeto.

Hoy ya no es el chaval de antaño, aunque a juzgar por su aspecto y su idéntica alegre sonrisa, nadie lo diría. Más que peinar canas, (algunas pocas en la recortada barba), peina menos en unas incipientes entradas que lejos de afearle, le otorgan un aire curioso; y sigue siendo, con todo, la nota distendida y discordante del baile. Chupa de cuero, colgantes hippies, o heavys o tribales. Pantalones muy ceñidos o muy anchos, nunca como se supone que tocan, nunca “normales”. Camisetas con mensaje…, contra la guerra, los militares, recordando al Che, su amor por los animales… Uñas largas, manos grandes, bonitas. Espectaculares. Y siempre ese olor a limpio matizado por un perfume sutil de aromas naturales.

Mi querido profesor. Atento, divertido, responsable… ¡Brillante! Sufridor compulsivo en cada selectivo, pensando siempre en si el despistado Javier logrará recordar la segunda ley de movimiento de Newton, la nerviosa María hará bien los cálculos, o David volverá a intentar colar lo de los “soleriones” aunque de ninguna forma venga al caso… Penando por cada uno de los chavales a los que ha intentado enseñar casi todo lo que sabe. A los que quiere. En los que confía.

Ése. Ése y no otro es mi querido profesor.

Y yo, estoy tan tremendamente orgullosa de él, que hoy estoy aquí de madrugada, empezando a ver cómo amanece un nuevo día, contando apenas un par de cosas sobre él, sobre su vida, que sé que al final no le harán justicia… Pero que no puedo callar, porque si no doy un poco de rienda suelta a toda la emoción y el orgullo que siento ahora gracias a él, reventaré. Y sé que él no me lo perdonaría nunca.

Porque yo, mujer privilegiada donde las haya, sé también que es un hombre íntegro desde el principio al fin. Adorable. Desde que echa un pie al suelo por la mañana, hasta que cae rendido a mi lado por las noches. Siempre rodeado de exámenes que corregir o trabajos para leer. Divertido en la intimidad hasta hacerte llorar de risa, como no sabe casi nadie (y es una pena…) Servicial, cariñoso, atento, buen cocinero y mejor amante. Un amante de libro, de matrícula, de Premio Nobel al Mejor Amante. Porque sabe, como nadie, amar y hacerte sentir amada durante las 24 horas del día, y algún rato más que, no sé cómo, logra robarle al espacio-tiempo gracias a neutrinos, teorías de cuerdas y complejos e intrincados agujeros negros o túneles gusano…

Doy fe de que Álvaro, pese a parecerlo, no es un perfecto prototipo en pruebas, ni un sueño. Es una persona real que soñó de niño que sería fantástico enseñar a los demás, y acabó convirtiéndose en el querido profesor de muchos alumnos, a lo largo de estos hermosos, a veces complejos y siempre enriquecedores, últimos veinte años.

Es cierto, he mentido un poco y he engañado. Pero sólo un poco. Porque pese a que nunca he estado sentada en ninguna de sus clases, ni me ha hecho un examen, ni me ha evaluado, he aprendido más de lo hermosa que es la vida, a su lado, de lo que es decorosamente justo esperar… Por lo tanto, además de mi amigo, mi pareja, mi compañero y mi amante, -la persona que más respeto de todas las que conozco-, Álvaro es también para mí y siempre…

Mi querido profesor.

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(Aunque, en justicia, “Mi querido profesor” de cuando yo estudiaba, fue “Mi querida profesora”, Sor Teresa, la profesora de Lengua y Literatura, que se encargó de despertar mi querencia hacia la lectura, mi sed de escribir y mi eterno amor por Las Palabras. Un beso, también a ella, esté donde esté.)

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Queridas Palabras:

 

Desde el silencio os escribo…

Os suplico.

Os invoco.

Con pasión. Con esperanza. Con…

 

Palabras…

Vosotras que sois yo misma. Las que odio. Las que pierdo. Las que amo. Con las que me reencuentro.

Palabras sencillas, complejas. Viejas y nuevas. Tantas. ¡Y tantas veces usadas! Que a veces pienso que hasta mi piel…, está de palabras trenzada…

¿Qué sería de mí sin vosotras las Palabras?

Palabras mías. Sólo mías. Como creadas para mí, para mi cobijo, para mi sosiego. Para mi solaz y tu desespero.

Palabras de amor. De guerra. De rabia. De perdón.

Palabras para jugar. Para ganar. Incluso para perder. Para acabar con casi todo y para volver a empezar.

Palabras de verdad. De ánimo. De consuelo. De ley.

Palabras al rescate. En fuga. Parecidas. De mentiras.

Palabras curiosas. Aburridas. Malsonantes. Cadenciosas.

Palabras escritas a fuego para no olvidar. Sobre hielo para ser olvidadas. Disueltas en agua. Negadas. Distraídas. Oxidadas.

Palabras valientes en las que apostar la vida. Osadas. Bizarras. O cobardes. Ruines y pusilánimes como, -a tiempo-, lo es una huida.

Palabras pequeñas. Nimias. Inapreciables. Chiquititas como chispas crepitantes que escapan de la madera ardiendo. Imposibles como el hueco de una aguja. Insignificantes o inútiles como una disculpa a destiempo.

O grandes. Inmensas. Descomunales. Palabras inconmensurables como un viaje sin retorno. Como el insondable vacío tras la indefectible muerte. Como la amarga nostalgia de aquello que nunca se vivió. Que ya jamás podrá vivirse.

Palabras ruines. Groseras. Insolentes. Incorrectas. Hijas del malintencionado cinismo y la estoica sinrazón.

Palabras dulces como un beso largo y lento. Melaza. Y miel. Y te quiero.

O saladas…, como un beso lento y largo. Mar. Arena. Y espuma. Y te deseo.

A vosotras.

A vosotras, mis queridas Palabras.

Esta carta está dirigida a vosotras. A todas. Las que domino. Las que adoro. Las que temo. Incluso las que aún ignoro.

A vosotras que tan esquivas venís mostrándoos de un tiempo a esta parte. A vosotras que sois todo cuanto soy. Aún más.

A vosotras que andáis escondiéndoos como si temierais encontraros con el filo de mi pluma, o la punta de mis dedos.

¿Por qué, queridas Palabras? ¡¿Por qué?!

¿No hemos combatido juntas en cien mil batallas? ¿No recorrimos, inseparables, senderos de gloria y desdén? ¿No bordeamos unidas los límites de la locura? ¿No hicimos el amor por escrito y piel con piel?

Entonces pues, ¿por qué?

Os escribo para confesaros que, sin Vosotras, me siento indefensa, vulnerable, atrapada. Disminuida.

Sin el hilo conductor que os enlaza… Sin el rayo de cálida luz que os guía… Sin la cadena de plata bruñida que os engarza… Yo, estoy perdida.

Y os busco… ¡Juro que os he buscado a conciencia!

Y sin ella también.

Lo he hecho al alba. Cuando el día aún no era día y la noche, perezosa, andaba apenas despidiéndose. En ese interludio mágico de una promesa inventada. A lo largo y ancho de la insaciable mañana. A la hora de comer. Durante la plácida quietud vespertina. Al anochecer, cuando todo huele a ocaso. Cuando las estrellas comienzan a adornar el cielo, y ya puestos, por contagio, cualquier milagro es posible… Y a la hora bruja…, conjurando ángeles caídos y damas oscuras… Dispuesta, en un arrebato de desesperación, a vender por vuestro favor mi alma…

Mi alma…, que a duras penas puede entenderse sin palabras. Ni entenderse ni explicarse. Que sin vosotras…, es sólo un simulacro de alma.

Mi alma… Que siente, ¡sí! Que vive, que late, que se llena, rebosa y a veces casi estalla…, pero que en cambio se intuye incompleta si no es capaz de expresarlo con palabras…

Vosotras… Palabras.

Mi paz. Mi única religión. Mi fe.

La luz de mi faro. Mi destino. Mi camino. La guía de mis pasos.

Lo que nadie jamás podrá arrebatarme. Mi fuerza. Mi coraje. Mi patria.

El salvoconducto a mi cordura.

Mi voz. Mis Palabras.

Las mías. Todas. Las de Otra. Ninguna.

A vosotras me encomiendo. Y haciéndolo, ¿veis? Os hallo…

¡Os tengo! Soy vuestra…

Estoy aquí. He vuelto.

Yo, y conmigo… Mis palabras.

 

Palabra. De mujer. Resucitada.

 

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