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Archive for 26 agosto 2011

La capacidad de Ver

 

 

 

 

 

No quisiera nunca olvidar que veo.

No puedo.

Olvidar que veo sería olvidarte. Olvidarle. Olvidarme.

Olvidar que veo sería perder. Perder y perderme.

Sería negar que existen las estrellas. Ellas, y todos los deseos que me concedieron. No. Sería aún peor. Sería rechazar que durante un tiempo, yo creí firmemente que ver una estrella fugaz me concedía un deseo.

Sería como matar esa ilusión. Desterrarla para siempre de mi historia. Asesinarla.

No. No puedo. No puedo olvidar que veo.

Olvidar que veo sería morirte. Matarle. Morirme.

Olvidar que veo sería fallar. Fallar y fallarme.

Sería aceptar que nada importa demasiado. Que da igual ocho que ochenta, que es lo mismo pasear en noche cerrada que con luna llena. Sería venderse al enemigo, ése que intenta -para mejor manipularte- que llegues a creer que no importa en lo que crees.

Pero, no te engañes. Ver, y no querer dejar de ver, requiere ganas. Capacidad de lucha. Valor y voluntad a partes iguales. Y cojones. U ovarios. Depende.

Lo cierto es que hay que ser valiente. Para ver. Valiente para Verlo todo, y querer seguir viendo.

Para no vender barata la piel por un cruel latigazo. Para mantener la ilusión tras un nuevo desengaño. Para no rechazar la verdad aunque te rocíen de mentiras. Para aceptar que a veces todo es feo, pero que lo hermoso sigue ahí, a la vuelta de la próxima esquina.

Para no dejar tirada la única verdad. Que soy un ser afortunado. Pero no porque la vida me trate bien -que lo hace-, sino porque todos y cada uno de nosotros, -¡tú también!- venimos al mundo con una habilidad que nada ni nadie puede arrebatarnos: La capacidad de Ver.

Y no me refiero a mirar por encima. Ni siquiera a observar detenidamente. Es mucho más sencillo e instintivo. Me refiero a Ver.

Porque cuando Veo, ya no puedo volver la vista atrás. Ni fingir que no he visto. Ni dejar de Ver.

No. No puedo permitirme el lujo de olvidar que veo.

Que veo la música.

Que escucho las flores.

Que huelo el silencio.

Que saboreo tu voz.

Que toco tu recuerdo.

No. No puedo olvidarlo.

Porque quizá entonces deje de saborear la música.

De tocar las flores.

De escuchar el silencio.

De ver tu voz.

De oler tu recuerdo.

Y yo sólo soy yo. Distinta. Mejor. Única. -Como todos-. Porque veo. Y porque lo sé.

Y sobre todo porque cada mañana me levanto y me enfrento al mundo con una idea que me abre los ojos y me instala en la esperanza. Una idea -humilde y, empero, grandiosa- bien enganchada a mis entrañas:

No quisiera nunca -¡nunca, por favor!- olvidar que veo.

 

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Alea jacta est

...

 

 

 

 

Dicen que una princesa cautiva, presa del aburrimiento -y de sus propios quebrantos- tomó las cintas negras y blancas que adornaban sus cabellos, y trenzándolas en plano y paralelo inventó, del ajedrez, el tablero…

Con el recuerdo de lo que más amaba, su padre el Rey, y su madre, la Dama; dos oráculos del Reino, astutos magos llamados Alfil; sus dos Caballos favoritos; las dos altas Torres que defendían el castillo que la vio nacer, y ocho peones que antaño la custodiaban, organizó un ejército con que enfrentarse a su soledad y su desespero.

La Guardia de la Luz, lo llamó. Y para no volverse loca -jugando sola- organizó también -del otro lado- La Legión de las Sombras.

Dispuso las piezas sobre las cintas de seda bellamente tramadas, y dejando abajo -a su derecha- un escaque albo, lanzó un grito de aliento a sus tropas -ambas-, y comenzó la batalla.

Valiente y ansiosa, hizo a un peón de sus huestes blancas dar de frente dos pasos. Ahora ya no había vuelta atrás. Ningún guerrero, hijo de papá Honor y mamá Valentía, daría nunca un paso en retirada. La eterna contienda entre luces y sombras…, había empezado.

La Guardia de la Luz perdió un alfil y los dos caballos defendiendo que sólo la senda de lo diáfano concede honra y gloria. Y la Legión de las Sombras cedió un caballo y las dos torres, enarbolando el estandarte de la arrebatada pasión y el encendido deseo.

Por el camino, -en absurdos enfrentamientos ora y brillantes escaramuzas después-, derramaron su sangre inocente peones sin nombre de ambos bandos.

La Princesa presa observaba atónita el accidentado campo de batalla, -cada vez más mermado de efectivos combatientes-, mientras trebejos blancos y negros se amontonaban vencidos al pie del tablero.

La ancestral lucha entre el bien y el mal,  lo que tengo y lo que espero, lo que debo y lo que quiero, mantuvo durante días a la Princesa volcada sobre sus propias contiendas.

Por un momento, del lado de la blancas, estaba convencida de que vencería la Luz, “el bien”, lo que tiene y lo que debe… Para un momento después subirse a lomos de un salvaje corcel negro y apostar por las sombras, “el mal”, lo que espera y lo que quiere…

Y, ¡qué equilibrada batalla! Cruzada de arquetipos, formas y paradigmas, vacías de sentido las unas sin las otras.

Que a veces para definir algo que es presumiblemente “bueno”, no podemos sino recurrir de forma irremediable a aquello que en contraposición es presuntamente “malo”.

¡Eh! Y que tire la primera piedra aquel que ande libre de pecado!!!

Vivimos inmersos en una lucha constante. Esperando encontrar en nuestra desesperada búsqueda: La equidad, el orden, la estabilidad. Para poder por fin respirar el delicado perfume del tan ansiado equilibrio.

Olvidando, sin embargo que, a veces, lo que nos hace sentir vivos, ¡aquello que durante un breve instante nos acerca a tocar la felicidad con la punta de los dedos…! No se halla sino en la parcialidad, la osadía, y el apasionamiento.

La Princesa se da cuenta de que…, vale, es cierto, quizá no acaba de descubrir la panacea universal, pero pararse a pensar en que todo tiene sentido porque a la vez no lo tiene, es, como poco, revelador. Una idea que cruza las vastas filas de sus creencias, agitando conciencia, voluntad y querencias.

El valor de la propia vida viene definido de forma intrínseca por la definitiva muerte. Nadie vive eternamente. Sin muerte no hay vida. Sin luces no hay sombras. Sin lo malo, lo bueno es sólo un huero concepto que como poco renquea.

Piensa la Princesa: La batalla entre La Guardia de la Luz, y La Legión de las Sombras, es después de todo, el natural estado de las cosas.

Para entonces los dos Reyes, muy solitos ya, orgullosos aún pero muy cansados, replegados en sendos rincones de sus mundos que ajenos a ellos se solapan y se entremezclan, -hasta el punto de alternar escaques de ambos colores-, se observan tragando con dificultad saliva y mirándose desafiantes.

Y sus Damas, esas aguerridas guerreras con faldas y tiara, -mujeres vitales e indómitas-, recorren incansables los confines de un universo en el que -es cierto- caben todos, pero en perpetua contienda.

Y aunque los cuatro quieran negarlo, todo comienza a oler demasiado a que hay luchas que no terminan nunca. Que los intentos desesperados por ganar, no son más que eso… Intentos desesperados. Y aunque odien la palabra, igualmente tendrán que acabar asumiendo que la partida pinta en “tablas”.

La Dama nívea, con un movimiento temerario, se acerca a la Dama oscura, y le advierte, quién sabe si buscando una tregua:

No olvidéis, Señora, que la Luz lo es todo.

A lo que la Dama negra, dando media vuelta y abandonando.-el gesto altivo- el tablero, contesta:

Es posible, pero… Recordad vos: In absentia luce tenebrae vincit.

O lo que es lo mismo: En ausencia de Luz, la Oscuridad prevalece.

……………………..

La Princesa deshace el tablero. Vuelve a trenzarse con las cintas el pelo y trata de convertir en una sonrisa el llanto.

No es resignación. Es acatamiento de la realidad. Nadie puede escapar de sí mismo. Lo sabe. Sigue, como siempre, cautiva de sus instintos.

Ahora ya sabe que nadie gana ni pierde, que no hay buenos ni malos. Que la Luz y la Oscuridad sólo existen porque coexisten y van cogidas de la mano. Seguirá adelante. No queda otra. Sufriendo las ausencias. Lamiéndose las heridas. Tratando de no esperar para no acabar desesperando…

O lo que es lo mismo:

Alea jacta est.

 

 

 

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Es extraño.

El ser humano -que vive constantemente en el presente- apenas si sabe acomodar su consciencia a él.

Aunque quizá no es culpa nuestra. Tal vez sea porque el presente es algo tan…, efímero. Tan frágil y fugitivo.

No. El presente se nos escapa de entre los dedos. Antes de que queramos darnos cuenta, aquello que era futuro, de repente es el hoy, -el ahora-, y un segundo después comienza ya a ser nuestro pasado.

El momento justo que estamos viviendo es casi imposible de asir.

Imagino que resulta tan incómodo para nuestro consciente, que el ser humano repartimos nuestra querencia y nuestra vocación entre aquello que ya pasó, y lo que está por venir.

El presente es fugaz, volátil. Tanto, que apenas si nos da tiempo a ser conscientes de que estamos inmersos en él. Tal vez nuestra mente esté más preparada para recordar y aun para proyectar, que para vivir el inmediato segundo que da sentido a nuestra existencia…

Y es absurdo en verdad, cuando lo único cierto es lo que está aconteciéndonos en el último preciso momento que estamos viviendo. Lo que viene siendo el esquivo presente. Ahí es donde radica nuestro poder, nuestra fuerza. En el presente.

El pasado no podemos cambiarlo, y el futuro es algo tan incierto que apostar por él, es como apostar a ciegas. Y son muchas veces las que alguien malgasta su vida por no saber dejar atrás el pasado -algo que ocurrió en el pasado, y que es agua que ya jamás moverá molino-, y muchas también las que desperdiciamos nuestra vida aguardando lo que tiene que llegar en un futuro próximo -o aún lejano-, y que después de todo puede no llegar nunca. Porque ése es precisamente el encanto del futuro, su mágica incertidumbre.

Si todo estuviera escrito y fuéramos conscientes de ello, si la sorpresa y lo incierto no fuera nuestro camino, sino una senda bien definida y sabida, ¿qué gracia tendría nuestro futuro? ¿Qué misterio? ¿Qué interés levantarte o no un día más?

No. En el fondo, aunque nos cueste comprenderlo, creo que todo está bien como está. El pasado es inamovible. El futuro, incierto. Así es.

Y debe estar bien que el pasado sea inamovible. A pesar de que cuántas veces quisiéramos volver atrás y cambiar algo que hicimos o dijimos, -que parece que definió y concretó nuestra vida-, y hacerlo de otra forma…

Y el futuro es incierto. No se pueden adelantar ni forzar los acontecimientos. No puedes vender la leche para comprar cuajo con que hacer queso que nos proporcionará la riqueza total, cuando ni tan siquiera tenemos una vaca que ordeñar.

Tienes un presente entre las manos, ante los ojos, acompasando el ritmo de tu corazón, latiéndote en las entrañas… Vívelo. Aprovéchalo. Elige.

Elige.

¿No aprecias lo grandioso de esa posibilidad? ¡Elegir! Verbo sagrado.

Es fascinante. Nuestra capacidad de elegir nos otorga cada día, -en cada nueva ocasión-, la oportunidad de cambiar lo que no nos gusta y de trabajar en pos de nuestros sueños. Ahora. Ahora mismo. ¡Ya! Dentro de un segundo será tarde, porque será pasado. Y ya sabes que el pasado no lo podemos cambiar.

Pero tienes un segundo presto a llegar y sustituir éste que apenas ya pasó, para que no pierdas la posibilidad… Esa “sweet possibility” de la que habla la Streisand en su significativa Yentl.

No en vano Horacio, el poeta romano que acuñó la imperecedera frase Carpe Diem, se refería a que cosecharas el día. A que recogieras la cosecha. A que si no tienes cosecha que recoger porque aún no sembraste, ¡aproveches este instante para empezar a sembrar! Hoy siempre es buen momento para sembrar. Para empezar de nuevo.

¡Ahora! Este es tu momento.

Vívelo. Disfrútalo. Agárralo por donde mejor puedas y hazlo tuyo!!!

Siempre puedes hacerlo. Siempre.

Siempre tienes el segundo siguiente que llegará, se instalará en tu presente y “carpediemerás” tu día…

……..

Constantemente espero ver entrar a Dama por la puerta de casa. Tan fuerte, tan bella, tan poderosa. Tan tierna y sensible a la vez a su entorno.

Con ella disfruté todos los momentos que pude. A lo largo del día -y de la noche, Dama siempre fiel a mi lado en esas mis insomnes madrugadas- la estrechaba varias veces entre mis brazos, -su gran cabeza, su sólido lomo-, y le decía lo buena perra que era y cuánto la quería… Ella buscaba mi mirada con sus ojos, y sonreía. Se sentía satisfecha. Feliz. Lo sé. Podía verlo. Sentirlo.

No desperdiciamos el tiempo. Aprovechamos nuestros momentos, a nuestro modo, ¡cada momento! ¡Y vive el cielo que fuimos muy felices!

No como lo eran Alva y ella. Ellos tenían otra relación. Dama lo adoraba. Obedecía sus órdenes antes incluso de que Alva las pronunciara. Los vecinos -cada vez que los sacaba a pasear- alucinaban de lo buena y obediente que era Dama, y lo que no saben es que nadie, ni siquiera Alva, entrenó nunca a Dama. Jamás recibió adiestramiento alguno. Dama obedecía, hacía caso a Alva, por puro amor. Estoy segura. Obedecía sus órdenes calladas -sus gritos, a veces, cuando había algún peligro inminente, también- porque quería satisfacer a Alva, verlo feliz. Por eso le hacía tanto caso. Era su amor hacia los demás lo que hizo de ella una gran perra.

No me cansaré de decir lo buena perra que era. Cómo la echo de menos. Y…

Lo importante que es vivir el presente. Ese segundo perfecto, divino, que acaba convirtiéndose en un recuerdo sagrado.

Hoy, gracias a esos momentos bien aprovechados, tengo cientos de buenos, hermosos, entrañables recuerdos, que si bien hoy me atenazan el alma por el dolor de su ausencia, sé que tarde o temprano (porque ahí está el recuerdo de Princesa, Byron, Casiopea, Newton, Aldebarán, Nani, Baco, Chula, Tendre, Aramis, Pipineta, Magic, Libre…, para dar fe de ello), la honda tristeza irá remitiendo y luego sólo me quedarán sonrisas para dedicar a su memoria. A todo el bien que me hicieron. A todo cuanto desinteresadamente me brindaron. A lo que aprendí. A lo que enseñé. A lo que viví.

Vivir. Vivir el día. El momento. Disfrutar. ¡Que no hay nada más, maldita sea!

Que las cosas no son tan complejas ni tan difíciles. Que nosotros nos encargamos de retorcerlas, deformarlas y convertirlas, en ocasiones, en problemas… Por eso, a veces, la conducta sencilla y elemental de un perro (o un gato, Casiopea y Aldebarán eran gatos), viene a tirarte de las orejas y obligarte a abrir los ojos y que así no pierdas de vista lo que es verdaderamente esencial en la vida.

Que por encima de todo lo que puedes atesorar, de lo que puede comprar el dinero o conceder el poder, la felicidad se halla en cosas mucho más pequeñas. Elementales. Primarias. Tener alguien cerca con quien compartir una mirada en la que te reconozcas. Saberse amado y aceptado sin condiciones ni rémoras. Y ser consciente de ese momento -el presente-, y saber darle su sitio. Su hermoso sitio en el largo sendero que va conformando nuestra existencia.

Me siento dichosa -y plena- de todo lo que compartimos, Dama. Siento que lo diste todo, y que yo tampoco me guardé nada. Fue nuestra generosidad lo que abrió las puertas -aquí en la tierra- de nuestro cielo.

Me gusta vivir así. A fondo. Consciente de lo que vivo. Con todo lo que tengo y lo que soy. Con lo que a veces duele, también. Lo que me asusta. Lo que me satisface. Lo que me espolea las ganas. Lo que me saca de mis casillas. Lo que busco. Lo que me persigue. Lo que me sacia. Lo que me quema la piel. Incluso con lo que me delimita…, intento bregar y ser feliz.

Y no es fácil. Y sé que…, ¡haré tantas cosas mal! Sí, pero desde lo mejor de mí. Siempre desde las mejores intenciones, y sin perder de vista, ¡nunca!, que este momento, éste en el que ahora escribo, -en el que de pura vida, de puro sentimiento, me retuerzo-, está construyendo mi vida.

Tú también estás en tu momento. Tu hoy.

Ojalá, en el futuro, este presente se haya convertido en un bello recuerdo. Porque al fin y al cabo, al final, no somos más que eso:

Los recuerdos que dejamos, a nuestro paso, en aquéllos que se cruzaron con nosotros en el camino…

Ojalá, cuando me vaya, deje un buen montón de hermosos recuerdos. Cuanto menos eso significará que además de estar viva, viví.

E insisto: Por más vueltas que le demos a todo, por más que lo compliquemos… No hay más.

Así que… Carpe diem.

 

 

Y… Sigo extrañándote, Dama. ¡Tanto!

 

 

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La luna sin Dama

Dama y Hooney

 

 

 

 

Odio la compasión con que esta noche me mira la luna.

Es cierto que estoy rota. Vacía. Triste. Sola. Más sola que nunca porque -en cierta medida- es una soledad definitiva.

¡Pero…, tú! Mostrándome hoy tu cara oculta, -la arrogante, la engreída-, ¿quién te crees?

No eres más que un pedazo de Tierra escindido que quedó atrapado en una órbita viciosa. Y por más que nos parece que brillas, careces de vida y hasta de luz propia.

Te veo plantada ante mí, -fría y distante-, bañándome displicente con el influjo del sol que rebotas, y no puedo creer que seas la misma luna que amé otras noches. Aquella que veneré. A la que consagré mis sueños, mis anhelos. Mi piel.

Te sientes a salvo del bien y del mal. Indolente espectadora de ríos de vida y estrellas agonizantes o muertas. Te protege la distancia. Pero no la que nos separa, sino aquella que te salvaguarda de las risas. De las lágrimas.

Así es fácil. Hoy te envidio. Yo también quisiera ahora -sólo por un instante, por un respiro- ni sentir ni padecer.

Me miras envuelta en lástima… ¡Lástima tú que no tienes a quien perder! Que nunca sentirás la congoja de la rabia. Nunca te ahogarás en tu propio llanto. No echarás de menos. No te dolerá la carne. Ni los recuerdos.                                  

Resplandeces, sí. Pero no te asustas. No te equivocas. No dudas. No fallas. No pecas. Ni pierdes ni ganas. Y mutar… Mutas lo justito. De nueva hasta henchirte, porque una estrella te hace crecer y menguar como a un títere de feria.

Eso eres.

Y yo te he amado siempre, lo sabes, pero hoy me dueles. Quizá no es tu culpa. Quizá soy yo. Quizá me asusta que no eres si no mi reflejo, y, ¿sabes? No te encuentro el alma.

Y tú, ¿te atreves hoy a mirarme saciada de lástima? ¿Por qué? ¿Porque sufro? ¿Porque ahora mismo estoy sin ganas? ¿Porque me desquebraja el dolor y ya no me quedan lágrimas?

No sufras. Descansa. No me hace falta. Mi dolor es mío. Y lo atesoro. Quiero estar triste, vacía, acabada. Quiero llorarla hasta quedarme dormida, y después, -aún en sueños- seguir llorándola. Es una cuestión de lealtad. Ella merece hasta la última de mis lágrimas. Para algo, desinteresada, sembró de sonrisas mi vida.

La peno porque ya no está. Porque no es justo. Porque me duele y no encuentro consuelo. Y está bien no hallarlo. Así está bien.

Ella ya no está. Y eso nada ha de cambiarlo. La forma de mis días ya nunca será la misma. La echo de menos hasta decir basta. Merece mi tristeza. Mi duelo y mi añoranza. Hizo mejor mi vida, sacó lo mejor de mí y contribuyó a hacerme feliz. Y todo lo hizo sin esperar nunca nada a cambio. Lo siento, pero es más de lo que se puede decir de algunos seres humanos…

Y sí. Era una perra. Una perra grande y llena de vida. Una buena perra.

Y no me importa nada que casi nadie me entienda.

O que la luna me mire con pena.

Esa luna…, a la que por no ladrar, no le ladra ya ni mono. Ni Dama.

 

 

Es ley que no creo en el cielo de los humanos. Pero el de los perros -de alguna forma- tiene que ser un hecho, porque tú, preciosa, que ya no estás aquí, no puedes si no estar en él, jugando con la pelota y corriendo dichosa a tus anchas.

Aquí, tu familia, -y sobre todo Hooney-, vamos a echarte siempre de menos.

Te quiero Dama.

 

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