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Archive for 17 diciembre 2011

La música apenas se escucha…

Quizá porque no suena en ninguna realidad.

Quizá porque sólo algunos elegidos son capaces de escucharla…

O quizá porque el compositor…, arrebatado de amor, olvidó -en uno de esos tontos despistes que tienen los enamorados-, rellenar el pentagrama. De esta forma, sólo las parejas enamoradas pueden escuchar en la piel del otro la melodía que resuena dentro, cuando -desubicados en el mundo- alguien nos halla, y dejamos de estar perdidos…

Fijaos bien. Desdibujado el mundo, -casi blanco inmaculado de tan desdibujado-, el tiempo acaba de detenerse para ellos…

Nada a su alrededor perturba la íntima felicidad que los eterniza para siempre en una instantánea para la que -en realidad- sobran las palabras…

Es la fotografía que todos quisiéramos poder guardar en nuestro álbum de recuerdos imborrables. Ese instante en que, pletóricos de dicha, se cumple la petición que no se atreven a pronunciar nuestros labios, pero que imploran todas las fibras de nuestro cuerpo…

Ojala pudiera detener el tiempo en este momento…

Este preciso momento en que él la toma por fin entre sus brazos como si hubiera nacido sólo para abrazarla.

Y ella sonríe al fin, trémula de emoción y ruborizada, como si sólo para ser abrazada por él hubiera nacido.

El mundo transcurre ajeno a sus emociones… Las bombas siguen cayendo del cielo -en alguna parte- como suaves copos de nieve en invierno. Y lejos, -en alguna otra parte-, revientan mil flores en un inmenso prado recién vestido de primavera.

Alguien muere justo en el momento en que él besa su cuello. Y nace alguien en el preciso instante en que ella quiere morirse de gusto.

Las manecillas  del reloj nunca se detienen. El mundo no deja de girar, ni el universo de expandirse. Pero ellos… Ya no viven bajo las leyes de ese tiempo y ese espacio.

Acaba de consumarse el milagro. El mismo viejo milagro de siempre. El único incorrupto milagro que es nuevo, cada vez, como si acabara de inventarse…

Al ritmo de la música que sólo los enamorados oyen, llenarán el espacio con sus torpes piruetas y sus imperfectos giros. Y será una danza que envidiarían la misma Paulova y el mismísimo Baryshnikov, si en algún universo paralelo posible, Anna y Mijaíl hubieran podido llegar a amarse sobre el escenario a golpe de “puntas” y piano…

En cada gesto que -con sus manos de tinta china- él la ciña apasionado, ella encontrará el sentido de la vida. Descubrirá de dónde venimos, a dónde vamos. Por qué. Y para qué. Y lo hará además sin que las respuestas le importen lo más mínimo. Porque sólo que él no deje de tocarla importa.

Y el perfume de su cuello inundará todos los sentidos de él mientras la besa allí donde habitan los secretos a volumen de piel, y ése será ya el único aire que necesite para vivir…, el que transparente la envuelve.

Y la música sigue sonando… ¿La escuchas?

Su movimiento entrelazado despliega colores que nunca se han visto. Que no tienen nombre porque sólo los enamorados los ven al mirarse en los ojos que los miran. Y en ese momento… Bueno. Cualquiera piensa en ponerse a describir lo que ve, por más increíble que sea. Así, hay colores que nunca nombraremos porque sólo existen mientras estamos demasiado ocupados como para describirlos…

Pero existen en el aire… Ese aire que se desplaza con la pareja, -acompañándola en su danza de risas y roces-, feliz de ser él y no otro, el aire que esté en contacto con sus cuerpos de mentira y su pasión de verdad.

Felices. Radiantes. Fiel reflejo que todos quisiéramos ver al observarnos detenidamente en un espejo… Ese entregado beso, esa expresión de júbilo desbordado… Que suene la música y se arremolinen las faldas!!! Que lo hagan al ritmo despotricado de esos corazones que laten al unísono quemándolo todo como si mañana mismo no fueran a latir más!!!

Que nos toquen, nos abracen, nos besen. Nos hagan danzar con una melodía que nadie más que nosotros escucha…

¿La oyes tú?

Que nos susurren palabras de azúcar. Que con toques de guindilla aquí y allá nos despierten los sentidos. Las ganas. Que nos coman, nos acunen. Nos reinventen.

Que nos perdonen. Nos indulten. Y nos inciten de nuevo a pecar.

Que nos tomen, nos ayuden a renacer y nos eleven al séptimo cielo. No importa la caída. Las tiritas también pueden dibujarse a mano alzada. Mejor sufrir por amor y haber amado, que no haber sido nunca protagonista silencioso de este conmovedor retrato.

Que nos den nuestro sitio en el mundo. Que nos hagan sentir queridos. Que nos juren amor eterno. Aunque mañana se acabe! Aunque no fuera cierto!!! Que somos lo que somos por lo que nosotros sentimos. No por lo que otros sienten por nosotros.

De hecho, cuentan que existen bellísimas princesas de cuentos incunables, que fueron amadas por tantos príncipes, que se agotaron las reservas de amor durante aquellas fechas… Pero ni una sola fue feliz, ¡ni una!, por más que fuera amada, si no fue ella la que amó…, -siquiera un día, siquiera un segundo-, a uno de todo aquellos que la amaron. O aquellas. ¡Qué importa!

Que nos enseñen el camino al amor. Al desprenderse de uno mismo. Al placer. Que nos hagan gritar y retorcernos como animales salvajes en celo. Y luego, después ya…, nos colmen la boca, el pelo y la piel, de risas y besos.

Que nos conviertan, siquiera por una noche, en protagonistas de nuestra propia vida. Hermosos. Despiertos. Tan vivos!!!!… Que no nos importe morir.

¿Escuchas la música?

Que puedan guardar esa foto ¡para siempre! Él arropándola con sus brazos, ella envuelta en sus besos… Locos de felicidad por un instante… Aunque luego se apaguen las luces, se haga el silencio y la fiesta se acabe eternamente.

Porque lo que nunca, ¡nunca!, dejará de sonar en sus cabezas… Es esa música que una vez los llevo a danzar… A él, siendo el guapo galán de la peli. Y a ella, la más dulce y hermosa entre las bellas del baile.

Eso nadie ha de robárselo nunca!!!

¿Escuchas tú la música?

Esa música que no se ve y que no está escrita. No…, ya sabes. Porque el compositor -enamorado- olvidó colocar en un despiste, cada notita en su preciso huequito del pentagrama. Pero que si tienes suerte, si eres afortunado… Si eres tocado por la varita mágica del Hada del Amor o ensartado por las flechas del revoltoso Cupido. O si simplemente caes rendido a los pies de quien te arrebató los sentidos. O tal vez tienes la fortuna de ser rescatado…

Y si en ese momento…, afinas el oído… Te lo juro! Escucharás esa música. Y será para siempre. Pues para siempre vive el que alguna vez ha amado.

Y amar nunca es pecado. Ni aquí. Ni en el infierno. Allí -quizá-, menos que en cualquier otro sitio. Porque amar… Es cierto que amar a veces nos condena. Pero a la vez -¡qué curioso!-, es lo que acaba, siempre, rescatándonos de nosotros mismos.

Y la oportunidad de volver a empezar -no lo olvides!- es una bendición que fue inventada, sobre todo, para los malditos.

Confiesa…

Dime…

En estos mismos instantes… Si apagas la tele. La radio. La música. Si le bajas el volumen al sonido exterior del mundo…

Dime. ¿Qué oyes?

Tú…, ahora… ¿Qué estás escuchando?

La fotografía, de autor desconocido, la descubrí una mañana en el blog THC, de un reciente amigo. Blog que, por cierto, he “linkado” en éste mi espacio, porque me parece un “raro” y atractivísimo lugar en el que perderse entre fotos, música, cuadros, recordatorios de películas, vídeos curiosos o entrañables, breves citas, hermosos textos breves…, y mucho más, durante felices horas. Os lo recomiendo encarecidamente. Aunque es un laberinto complejo…, merece la pena perderse… ;)

Gracias THC, por la foto, y por todo.

Y esta entrada, claro, va por ti. :)

La fotografía me pareció de una genialidad tan sencilla… Tan tierna. Tan dulce… Punto por punto fue dictándome este texto que…, por cierto, Alva dice que no le cuadra…

Después de discutir durante un buen rato… (Jajaja…) He ganado yo. Lo siento. (Jajaja…) Quizá Alva tenga razón… Argumenta que el texto le encanta pero que no le parece apropiado para la foto… E insisto: Quizá tenga razón… No lo sé.

Lo único que sé, es que es lo que a mí me contó la foto, -siempre visible mientras lo escribía-, y no puedo dejar de ser fiel a eso, porque sería como dejar de serme fiel a mí misma. Y eso no puedo hacerlo. Ni por Alva, por más que lo ame (y respete), ni por nadie.

Beso.

 

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Dos océanos infinitos y tres mares pequeñitos, -de esos “como de la familia”, como enormes lagos de ir por casa…-, se han conjurado en silencio y hacen aguas dentro de mí.

Su distinta temperatura, densidad, salinidad, número de piratas, y sus muy diversas corrientes submarinas, se entremezclan y sacuden en mi interior, como si yo fuera una de esas famosas bebidas que hay que agitar -en lugar de mezclar- antes de beber. Combinado “Marejada azul”, podría llamarlo. -Llamarme.- Y ya puestos, estoy tan mareada como si me hubiera bebido de un solo trago a mí misma.

Me siento confundida, sobrepasada y perdida. Como un vaso a punto de desbordarse con la última gota de una catarata imposible.

Lo normal es que ahora me mantuviera calladita. -Como reminiscencia de la depre, cuando me siento así, tiendo a quedarme callada. Incluso inmovilizada físicamente. Quieta. Muy quieta.-

De hecho, llevo callada varios días. Pero ya no quiero callar más.

El miedo. La desesperanza. La tristeza y el desánimo. Todos han quedado en mí y están jugando un titánico partido a dobles, esforzándose lo indecible por ganar por goleada. (Repárese en lo malitas que están las cosas y lo poco que sabe el fatídico cuarteto del tema -y lo que le importa, además- cuando jugando al noble deporte de caballeros, rey de Wimbledon, pretende arrasar marcando goles.)

Y yo soy el campo. ¡Hale! A ver quién da más. No hago más que recibir patadas y raquetazos, porque soy también -y a la vez- balón de reglamento y fosforítica pelotita de tenis.

Mmm…

Estoy a punto de dejar los 45 atrás, -de hecho estoy ya en tiempo de descuento- y no consigo terminar de crecer.

Pensé que al ir madurando me volvería más hierática. Más comedida. Incluso fría, parca y distante con aquello que hasta ahora siempre me había “podido”. Pero, ¡qué va! Siguen afectándome las mismas cosas. Doliéndome los mismos gestos. Desesperándome las mismas injusticias.

No hay caso. Parece que no aprendo. Que no creceré por más años que cumpla.

Hay decisiones del pasado que lejos de tomar yo, me tomaron, porque en esos momentos no podía hacer otra cosa -aunque hubiese querido, y lo cierto es que entonces no me importaba si vivía o moría-, y que hoy me pesan como una losa que no sé si podré soportar…

No lo diré. No me atrevo a desnudar mi alma hasta ese extremo. Hay cosas con las que una, al parecer, tiene que vivir para siempre. Y además, hacerlo sola.

Y hay decisiones del presente, que sin depender de lo que yo quiera, volverán a caer sobre mí… Y se llevarán -o no- parte de mi vida por delante. Y he de confesar que vivir pendiente de un hilo…, nunca se me ha dado demasiado bien.

No. Tampoco lo diré. No sabría cómo. No sabría exactamente qué. Pero espero que me ayude, -por lo menos-, escribir que no puedo escribirlo. Después de todo… Sé que nada importa demasiado. Y cuando ya no estemos… Bueno, el universo seguirá -indefinidamente- expandiéndose.

       Y está lo que veo alejarse -con el alma atenazada-, sin poder evitar la distancia que nos va ganando. Y que me duele tanto!!! Y me repito una y mil veces que uno ha de aprender a vivir con aquello que no puede cambiar. Porque por fin he comprendido que no todo depende de nosotros.

De lo que queremos.

¡Aun de lo que amamos!

Y por encima de todo… Ser consciente de que el mundo se desmorona a mi alrededor como un castillo de hadas cimentado sobre algodón de azúcar, no me concede la mágica facultad de poder enmendarlo. No puedo pensar, sentir ni actuar por los demás. No soy responsable de lo que escapa a mi control. ¡Debo aprender eso de una maldita vez! Así que tendré que verlo desplomarse a mi alrededor, desintegrarse y hundirse, silente, en la tierra para siempre.

Y como me conozco, sé que me exigiré a mí misma, -además-, hacerlo con una sonrisa. Yo soy así de chula. De arrogante. De temeraria.

(De imbécil.)

¡Maldita sea! A estas alturas ya debería ser más lista!!!

Pero, pienso… Bueno…, al fin y al cabo… No soy tan bicho verde, ¿no?

Aquél que esté libre de fantasmas que tire la primera piedra. Y el que no albergue temores, y compagine oscuridades y brillanteces, aversiones y afectos. El que no reparta su tiempo entre fracasos y triunfos, su esencia entre virtudes y defectos, y tiña sus gestas -equilibradamente- de lágrimas y risas… Bueno. ¡Caramba! Lo felicito.

Yo sí. Debe de ser que yo soy salvajemente terrena. ¡Todo me pasa! Y lo que no…, quizá lo provoque con mi desafiante actitud ante la vida. (No trato de justificarme. Solo de explicarme a mí misma.)

Vivir es el objetivo. Lo único real. Por lo que estamos aquí. Lo que hacemos aun cuando no hacemos nada. El fin. El comienzo. Y entre los dos…, el camino.

Pues…, después de todo…, va a ser que sí. Algo sí he aprendido…

Sé que una vida es un puntito insignificante que de tan pequeño, -al mirar en su conjunto el universo-, casi ni se ve. No importa. No suma. No cuenta.

Y a la vez, en ese mismo insignificante puntito, -¡tan pequeño!- sé que cabe un universo…

Caben sueños tan magníficos que desbordarían al agujero negro más negro de todos los agujeros.

Y caben también sentimientos sagrados -sin dios ni religión a que servir- que viajarían, incansables, infinitos túneles de gusano de una galaxia a otra, sin apenas pestañear.

Caben risas que rivalizarían con las nebulosas más hermosas y lágrimas que dejarían atrás las lluvias de meteoritos más copiosas y virulentas.

Caben ideas tan brillantes como la estrella más cegadora, y miedos tan abismales y desconocidos como los desdibujados confines del último rincón perdido del cosmos.

Y ese universo. -Tu universo. Mi universo.- Pequeño pero inmenso, está en constante contacto, fricción y roce con otros cientos de universos.

Y, a pesar de ser tan nimios…, se conocen, se entrelazan. Interactúan. Se profesan devoción, amistad, amor. Se juntan, se separan. Se olvidan, se recuerdan. Se denuestan, se enamoran. Se hacen daño cuando no quisieran, y se quieren cuando ni siquiera se gustan. Y se gustan, se desean, se devoran, porque no saben no hacerlo. Se confunden, se perdonan. Tienen hijos, deudas, mentiras hermosas y verdades a medias. Conviven y asesinan. A veces con las manos. Las que más, con las palabras. Nacen, aman. Odian. Mueren. Mutan constantemente. Se reinventan. Y en ocasiones…, si les das su espacio…, hasta resucitan.

Bendito universo de universos, nuestras vidas.

Nada soy. Nada tengo. Nada de mí quedará. Sólo los besos que di. El amor que compartí. Las almas puras que con mis dedos tuve la fortuna de rozar y que a su vez me rozaron convirtiéndome en mí misma… “…Y que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” (Roy, en la escena final de Blade Runner.)

Así están las cosas.

Todas las aguas de esos océanos inconmensurables y eso mares chiquititos siguen en descontrolada tormenta agitándose dentro de mí. Desequilibrándome. Desafiantes y altaneras. Benditas. Eternas. “Marejada azul”

Y el partido de tenis, -con “ionescas” porterías en cada esquina-, sigue encarnizado zurrándome duro por todas partes… Ni le caben más tiritas a la peluda pelotita, ni el balón parece dispuesto a soportar una patada más.

Pero yo sí. ¡Yo voy a seguir!!! Porque sé que soy una mierda de puntito insignificante en el firmamento que desde el suelo boquiabierta contemplo. Pero a la vez sé…, que dentro, me cabe un mundo. No. ¡Más! Un universo.

Y cuando yo desfallezco. Otra viene y toma el mando. Y todas nos hundimos. Y ninguna se rinde.

Así que yo. -Otra. Ninguna. Todas.- Voy a seguir.

Y como ya dije, -porque me conozco bien y ya comienzan a sobrar las palabras…,- voy a hacerlo con una maldita sonrisa en la cara.

:)

Porque para un puntito insignificante un día es toda una vida. Y yo soy uno de esos insignificantes puntitos, consciente -eso sí!- de que vivo rodeada de universos colindantes maravillosos. Que bien valen una sonrisa.

Adelante pues, querida.

¿Quién dijo miedo? 

Y gracias, sobre todo, a mis maravillosos universos colindantes…

 

 

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“El hombre desubicado”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bien… Pues aquí llega un nuevo relato -o lo que quiera que sea  :) -, a “Instantáneas y palabras”.

Pásate si puedes… Léelo, y cuéntame lo que te parece…

Dale al link… “El hombre desubicado”  Te espero allí…

Y, gracias…  :)

 

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