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Archive for the ‘Otra’ Category

 

 

 

 

 

 

Dos océanos infinitos y tres mares pequeñitos, -de esos “como de la familia”, como enormes lagos de ir por casa…-, se han conjurado en silencio y hacen aguas dentro de mí.

Su distinta temperatura, densidad, salinidad, número de piratas, y sus muy diversas corrientes submarinas, se entremezclan y sacuden en mi interior, como si yo fuera una de esas famosas bebidas que hay que agitar -en lugar de mezclar- antes de beber. Combinado “Marejada azul”, podría llamarlo. -Llamarme.- Y ya puestos, estoy tan mareada como si me hubiera bebido de un solo trago a mí misma.

Me siento confundida, sobrepasada y perdida. Como un vaso a punto de desbordarse con la última gota de una catarata imposible.

Lo normal es que ahora me mantuviera calladita. -Como reminiscencia de la depre, cuando me siento así, tiendo a quedarme callada. Incluso inmovilizada físicamente. Quieta. Muy quieta.-

De hecho, llevo callada varios días. Pero ya no quiero callar más.

El miedo. La desesperanza. La tristeza y el desánimo. Todos han quedado en mí y están jugando un titánico partido a dobles, esforzándose lo indecible por ganar por goleada. (Repárese en lo malitas que están las cosas y lo poco que sabe el fatídico cuarteto del tema -y lo que le importa, además- cuando jugando al noble deporte de caballeros, rey de Wimbledon, pretende arrasar marcando goles.)

Y yo soy el campo. ¡Hale! A ver quién da más. No hago más que recibir patadas y raquetazos, porque soy también -y a la vez- balón de reglamento y fosforítica pelotita de tenis.

Mmm…

Estoy a punto de dejar los 45 atrás, -de hecho estoy ya en tiempo de descuento- y no consigo terminar de crecer.

Pensé que al ir madurando me volvería más hierática. Más comedida. Incluso fría, parca y distante con aquello que hasta ahora siempre me había “podido”. Pero, ¡qué va! Siguen afectándome las mismas cosas. Doliéndome los mismos gestos. Desesperándome las mismas injusticias.

No hay caso. Parece que no aprendo. Que no creceré por más años que cumpla.

Hay decisiones del pasado que lejos de tomar yo, me tomaron, porque en esos momentos no podía hacer otra cosa -aunque hubiese querido, y lo cierto es que entonces no me importaba si vivía o moría-, y que hoy me pesan como una losa que no sé si podré soportar…

No lo diré. No me atrevo a desnudar mi alma hasta ese extremo. Hay cosas con las que una, al parecer, tiene que vivir para siempre. Y además, hacerlo sola.

Y hay decisiones del presente, que sin depender de lo que yo quiera, volverán a caer sobre mí… Y se llevarán -o no- parte de mi vida por delante. Y he de confesar que vivir pendiente de un hilo…, nunca se me ha dado demasiado bien.

No. Tampoco lo diré. No sabría cómo. No sabría exactamente qué. Pero espero que me ayude, -por lo menos-, escribir que no puedo escribirlo. Después de todo… Sé que nada importa demasiado. Y cuando ya no estemos… Bueno, el universo seguirá -indefinidamente- expandiéndose.

       Y está lo que veo alejarse -con el alma atenazada-, sin poder evitar la distancia que nos va ganando. Y que me duele tanto!!! Y me repito una y mil veces que uno ha de aprender a vivir con aquello que no puede cambiar. Porque por fin he comprendido que no todo depende de nosotros.

De lo que queremos.

¡Aun de lo que amamos!

Y por encima de todo… Ser consciente de que el mundo se desmorona a mi alrededor como un castillo de hadas cimentado sobre algodón de azúcar, no me concede la mágica facultad de poder enmendarlo. No puedo pensar, sentir ni actuar por los demás. No soy responsable de lo que escapa a mi control. ¡Debo aprender eso de una maldita vez! Así que tendré que verlo desplomarse a mi alrededor, desintegrarse y hundirse, silente, en la tierra para siempre.

Y como me conozco, sé que me exigiré a mí misma, -además-, hacerlo con una sonrisa. Yo soy así de chula. De arrogante. De temeraria.

(De imbécil.)

¡Maldita sea! A estas alturas ya debería ser más lista!!!

Pero, pienso… Bueno…, al fin y al cabo… No soy tan bicho verde, ¿no?

Aquél que esté libre de fantasmas que tire la primera piedra. Y el que no albergue temores, y compagine oscuridades y brillanteces, aversiones y afectos. El que no reparta su tiempo entre fracasos y triunfos, su esencia entre virtudes y defectos, y tiña sus gestas -equilibradamente- de lágrimas y risas… Bueno. ¡Caramba! Lo felicito.

Yo sí. Debe de ser que yo soy salvajemente terrena. ¡Todo me pasa! Y lo que no…, quizá lo provoque con mi desafiante actitud ante la vida. (No trato de justificarme. Solo de explicarme a mí misma.)

Vivir es el objetivo. Lo único real. Por lo que estamos aquí. Lo que hacemos aun cuando no hacemos nada. El fin. El comienzo. Y entre los dos…, el camino.

Pues…, después de todo…, va a ser que sí. Algo sí he aprendido…

Sé que una vida es un puntito insignificante que de tan pequeño, -al mirar en su conjunto el universo-, casi ni se ve. No importa. No suma. No cuenta.

Y a la vez, en ese mismo insignificante puntito, -¡tan pequeño!- sé que cabe un universo…

Caben sueños tan magníficos que desbordarían al agujero negro más negro de todos los agujeros.

Y caben también sentimientos sagrados -sin dios ni religión a que servir- que viajarían, incansables, infinitos túneles de gusano de una galaxia a otra, sin apenas pestañear.

Caben risas que rivalizarían con las nebulosas más hermosas y lágrimas que dejarían atrás las lluvias de meteoritos más copiosas y virulentas.

Caben ideas tan brillantes como la estrella más cegadora, y miedos tan abismales y desconocidos como los desdibujados confines del último rincón perdido del cosmos.

Y ese universo. -Tu universo. Mi universo.- Pequeño pero inmenso, está en constante contacto, fricción y roce con otros cientos de universos.

Y, a pesar de ser tan nimios…, se conocen, se entrelazan. Interactúan. Se profesan devoción, amistad, amor. Se juntan, se separan. Se olvidan, se recuerdan. Se denuestan, se enamoran. Se hacen daño cuando no quisieran, y se quieren cuando ni siquiera se gustan. Y se gustan, se desean, se devoran, porque no saben no hacerlo. Se confunden, se perdonan. Tienen hijos, deudas, mentiras hermosas y verdades a medias. Conviven y asesinan. A veces con las manos. Las que más, con las palabras. Nacen, aman. Odian. Mueren. Mutan constantemente. Se reinventan. Y en ocasiones…, si les das su espacio…, hasta resucitan.

Bendito universo de universos, nuestras vidas.

Nada soy. Nada tengo. Nada de mí quedará. Sólo los besos que di. El amor que compartí. Las almas puras que con mis dedos tuve la fortuna de rozar y que a su vez me rozaron convirtiéndome en mí misma… “…Y que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” (Roy, en la escena final de Blade Runner.)

Así están las cosas.

Todas las aguas de esos océanos inconmensurables y eso mares chiquititos siguen en descontrolada tormenta agitándose dentro de mí. Desequilibrándome. Desafiantes y altaneras. Benditas. Eternas. “Marejada azul”

Y el partido de tenis, -con “ionescas” porterías en cada esquina-, sigue encarnizado zurrándome duro por todas partes… Ni le caben más tiritas a la peluda pelotita, ni el balón parece dispuesto a soportar una patada más.

Pero yo sí. ¡Yo voy a seguir!!! Porque sé que soy una mierda de puntito insignificante en el firmamento que desde el suelo boquiabierta contemplo. Pero a la vez sé…, que dentro, me cabe un mundo. No. ¡Más! Un universo.

Y cuando yo desfallezco. Otra viene y toma el mando. Y todas nos hundimos. Y ninguna se rinde.

Así que yo. -Otra. Ninguna. Todas.- Voy a seguir.

Y como ya dije, -porque me conozco bien y ya comienzan a sobrar las palabras…,- voy a hacerlo con una maldita sonrisa en la cara.

:)

Porque para un puntito insignificante un día es toda una vida. Y yo soy uno de esos insignificantes puntitos, consciente -eso sí!- de que vivo rodeada de universos colindantes maravillosos. Que bien valen una sonrisa.

Adelante pues, querida.

¿Quién dijo miedo? 

Y gracias, sobre todo, a mis maravillosos universos colindantes…

 

 

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Todos somos “Uno”

 

 

 

Mmm… Hace fresquito ya, pero… ¡Un momento!

¡¡¡Voy a ver cómo está el cielo!!!

Ya.

Fantástico. Impresionante.

La verdad es que parece que de tanto llover estos días atrás…, el cielo se hubiera limpiado… :)  Se le ve reluciente. Intenso. Poderoso. Inexpugnable.

Todo apunta a que mañana será un día soleado. Un día radiante posiblemente. No lo sé. Lo digo por lo despejado que se ve allá arriba…

Pero eso será mañana…

Ahora es de noche. Noche entrada. Madrugada. De hecho ya hace un par de horitas que la mágica hora bruja quedó atrás…

Estoy sola. (Despierta, me refiero. Alva duerme hace rato con una sonrisa en los labios. Lo sé porque cuando fui a arroparlo, a apagarle la luz y recogerle el libro de entre las manos…, dormía plácidamente. Como un bendito. Como sólo duermen los limpios de conciencia. Y sonreía. Espero que esa sonrisa sea reflejo del color de sus sueños. Nadie merece sueños más dulces que Alva…)

La casa se queda en silencio. Medio en penumbras. Sólo la titilante luz de las velas ilumina con calidez mis sombras.

En estos instantes es cuando -ajena a mi control- me muta el alma y se transforma en Otra mi piel. Soy yo y no lo soy. Soy Otra y soy todas. Y ninguna en concreto. Sólo una más. Sólo una idea. La voz de una idea. Una voz que toma el relevo de mi conciencia para perderse allí donde mi conciencia no se atreve a encontrarse…

Miro mis manos sobre el teclado. Prestas. Dóciles. Dispuestas a dejarse llevar…

Y recuerdo un dibujo. Un dibujo que ha sido estandarte de muchas de mis carpetas…

 

Manos.

 

Manos que van construyéndose a sí mismas. Que con cada nuevo trazo se reconocen y -a un tiempo- se descubren nuevas. Se reinventan. Manos que todo lo quieren tocar. Sentir. Recordar. Que si estuvieran más vivas explotarían…, y convertidas en estrellas irían a parar muy lejos. Muy alto. A la verita de Orión. Y desde allí, empuñando su espada -cual valiente amazona-, se alzarían en pie de amor contra todo lo que se moviera. Que todo es susceptible de ser amado. Y lo que no…, lo convierto porque mi espada además de espada es también varita mágica. De hecho es lo que a mí me dé la gana que sea.  Que para eso soy yo quien está escribiendo… Por algo soy yo la dueña de mis desvelos.

Y te busco. ¡Sí! ¡A ti que ahora me lees! ¡¡Donde estés!! Te busco, te hallo y te subyugo. Venga…, déjate. No te va a doler.

Mis manos te acompañan. Es más, te guían. Tranquilo, no iremos muy lejos. De hecho, hace ya mucho que llegaste donde querías llegar. A ti.

Estás en ti. Y lo estás de la misma incomprensible forma que estás en mí. Y a mí me ocurre lo mismo. Estoy en mí pero -de mil formas distintas- estoy también en ti.

Y lo estoy a través de una carta escrita hace mil años en la que puse -además de mi perfume- todo mi amor. O mi sorpresa. O mis palabras de ánimo. Y si no fui yo la que te escribió esa carta… Piénsalo bien. Alguien lo hizo. Y a pesar del paso del tiempo o el espacio… Sigue en ti.

Y lo estoy porque mis manos te buscaron en la oscuridad, ansiosas. O enjugaron tus lágrimas la gélida tarde de un perdido otoño. Y si no fui yo. Busca en tus recuerdos… Fue Otra. Fue alguien. Alguien lo hizo.

Y lo estoy porque una primavera en que andabas cabizbajo por la calle, con el peso de un problema impertinente en las espaldas… Cuando -llevado de la traición sufrida o el desengaño impuesto- pensabas que nadie merecía la pena… El camino de nuestros deambulares nos encontró una mañana, y mientras esperabas distraído a cruzar el semáforo…, recalaste en mi sonrisa. Cómoda. Sincera. Abierta y cálida. Que te golpeo el corazón despertando sentimientos en ese momento enterrados bajo montañas de decepción. Y te cambio la perspectiva. Reconócelo. Aunque nunca más volvimos a vernos. Era yo. O quizá no. Quizá fue Otra. Otro.

O mejor… Quizá fuiste tú. ¡Sí! Seguro que fuiste tú el que sonreíste a un desconocido sólo por el placer de sonreír…

Todos, -gracias al cielo-, sonreímos o somos sonreídos muchas veces a lo largo de nuestra existencia. Algunas, ni siquiera las vemos. Otras, las encajamos gratamente sorprendidos, aunque luego las olvidemos. O tal vez lo que olvidamos es que fuimos nosotros los que sonreímos… :)

No importa. Porque la impronta queda. Y ajena a ti, sigue su camino. Labra -imperturbable- su destino.

¡Qué grande! ¡Qué infinito el poder de todos nuestros actos! De los que hacemos. -Y de los que no-. De los que recibimos. -De los que nunca nos llegan, también-.

Es la teoría de Uno.

“Todos somos Uno.”

Y, por supuesto, no la he inventado yo.

A mí me llegó a través de “Uno”. De Richard Bach, el autor del incombustible “Juan Salvador Gaviota”. Y mi particular interpretación hizo que fuera, no como un descubrimiento, sino como un reconocer algo que siempre había sabido…

Todos somos “Uno”. Todos procedemos del mismo originario polvo de estrellas. Estamos hechos de la misma materia. Y nuestros sueños, de la misma materia de la que están hechos todos los sueños.

Unos más, unos menos, lloramos por las mismas cosas, nos enamoramos de las mismas ideas, vibramos en consonancia con lo que a todos nos resuena muy dentro. Y a menudo nos sorprendemos de vibrar en la misma frecuencia que alguien que vive a cientos de miles de kilómetros. Que no conocemos. Que jamás quizá nunca conozcamos… O a siglos de distancia. Que con seguridad murió hace cientos de años. Pero, entonces, aún así…

¡¡¡Nos reconocemos…!!! En lo que escribe. O lo que escribió cuando ni siquiera los padres de nuestros padres habían nacido. En su música. En lo que fotografía. En cómo pinta. En cómo baila. En su voz. En cómo -cuando habla- mueve las manos…

Esas manos que bien podrían ser nuestras. -Con las que acariciamos.- O no. O bien son las manos de la persona que amamos. -Con las que nos acarician.- O aquellas que nunca nos acariciarán pero a las que en cambio amaremos siempre. Como son amadas nuestras manos.

Las tuyas. Las mías. Las de aquél de más allá. Las del que se fue ayer. Las del que todavía ha de nacer.

Manos.

Sonrisas.

Gestos. Caricias.

Sueños. Miedos. Verdades. Mentiras.

Tan distintos -como nos creemos-. Y tan iguales -como en verdad somos-.

 

Hechos de la misma piel.

 

Destilando la misma sangre.

 

Retratados en nuestras manos.

 

Dueños de ellas. Dueños de unas manos que todo lo pueden. Hermosas por lo fértiles. Fuertes. Grandes pequeñas suaves callosas. Hechas de pan. De cristal. Capaces en su mutismo de contar lo que las palabras no se atreven. Hábiles sirenas en el mar de la piel. Diestras -o zurdas- en cuidar. En curar.

¿Qué no has curado con tus manos? ¡Míralas! ¿Qué no has dado en ellas? En lo que tocas, en lo que hincas los dedos con furia desatada. En lo que dibujas. En lo que proteges con pasión. En lo que descubres. En lo que conquistas. En lo que cocinas.

¿Y qué no te han dado? ¡Piénsalo! Vuelve la vista atrás. Analiza el sendero de tu piel. Rememora. ¡Recuerda! ¿De cuántas manos estás construido? ¿Cuántas manos han pasado por ti y te han convertido en lo que hoy eres? En ti mismo.

¿Están las mías entre esas manos? Si no es así no importa. Porque seguro, ¡seguro!, están las de Otra. Las de cientos de otras personas. Miles probablemente. Porque crecemos alimentados por sonrisas de las que bebemos, y manos que nos sustentan.

Y a un tiempo. A la vez. Somos para otros sonrisas y manos.

Te propongo un juego. ¡Venga, atrévete!

Intenta por un día, un solo día siquiera -veeenga.., aunque sólo sea un ratito de un día-, ser consciente de todas las sonrisas. No sólo de las que prodigas, sino de las que eres objeto. ¿Cuántos labios se curvan hacia arriba hoy sólo para ti? ¡Mírate en ellas! En esas sonrisas. Devuélvelas. ¡Multiplícalas! ¡¡¡Que corran las sonrisas inundándolo todo como si nuestras bocas fueran mariposas y andáramos en primavera!!!

 

Y por un día…, siquiera por un día, fíjate en todo lo que tocan tus manos. En el objetivo con que lo tocas. ¿Para quién escribes, abres, cierras, destapas, cortas, aprietas, sujetas? ¿A quién tocas? ¿Por qué? ¿Para qué? Y…, ¿quién te toca? ¿Dónde? ¿Cómo?

Toca incluso a quien está a tanta distancia que pareciera imposible. Se puede. Lo sé.

Es más. Toca a quien ya no está. Que si ya no pueden tus manos, seguro que tu sonrisa alcanza a acariciar su recuerdo. Eso ¡siempre! se puede.

O no. No te preocupes. Sólo era un juego.

Por mi parte. Yo, -todas, ninguna, Otra-…, dejo prendido en ti el calor de mi sonrisa.

Y mis manos… Mira las tuyas… Mis manos descansan, complacidas, en tus manos. Acariciando.

 

En efecto. Tras la oscura noche llegó un día brillante.

Un día lleno de sonrisas. De manos.

Vive!

Disfruta!

 

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Estoy en tus manos

 

 

 

 

 

Anoche formulé, -desesperada-, una súplica…

¡Ojalá lloviera!

Pero el cielo -ajeno a mis desvelos- no estaba por la labor. Se exhibía casi diáfano. Taladrado de estrellas. Con poco más de media luna. Un par de nubes densas, pero lejos. Orión intensísimo. Tan bello. Tan valiente. ¡Tan aguerrido!

Pareciera que iba a poder cansarme de rogar…

En cambio…, conjuradas Damas Oscuras de tinieblas perdidas en el tiempo, y Ángeles Caídos de firmamentos lejanos pero no tanto, el día ha amanecido obstinadamente gris. Y llueve. Bueno, a ratos apenas pintea… Pero es suficiente.

Se desanudan mis silencios.

Encuentro mi voz.

El camino se inventa bajo mis pies descalzos…

 

Desátame.

Desdibuja tus cadenas de los recuerdos que todavía no he conseguido erradicar… Yo prometo hacer lo propio con el eco de mis caderas… Desvanecerlo -a golpes de silencio- de tu piel.

O no. O todo lo contrario.

Piérdete en mí como nunca antes te encontraste en nadie. Enrédate en mis verdades, venga mis mentiras. Acosa y depón mis defensas que para eso las alzo. Juega en mí. Conmigo… Diviértete. Para eso me inventaste: Disfrútame. Negarnos será en vano.

 

Mírame en tus manos. Ahí es donde estoy.

Estoy en tus manos.

 

Rompe todas las fotos que nunca nos hicimos. Quémame en mis cartas. Silencia mi voz en tu cabeza. Tu estómago. Entre tus muslos. Pon mordaza a mis susurros, mis risas. Mis gemidos. Al tibio sendero que en ti provoca cada una de mis palabras. Cúbrete de frío allá donde el calor de mi piel fue incendiándote.

O no. O todo lo contrario.

Quémate. Consúmete en mí. Arde en nuestro infierno de cristal. En el rincón prohibido de nuestra gruta privada. Tan cómodo. Tan frágil. Déjate querer, cubrir y cuidar. Tiritas en el alma. Hombros desnudos como esculpidos de seda y pan recién horneado… Donde echarse a dormir. Donde saciar toda tu hambre. Hombros hechos de sol y de luna para que te olvides de ti mismo. Para que te sacies de besos. Para que no olvides ese lugar sagrado a donde siempre regresar.

 

Mírame en tus manos. Ahí es donde siempre estoy.

Estoy en tus manos.

 

Cómprate cuarto y mitad de distancia. Pon tiempo de por medio. Amontona excusas. Aléjate. Escóndete allí donde ni tú mismo eres capaz de encontrarte. Huye, corre. No me vuelvas a escuchar. Oler. Ni mirar. Cierra todas las puertas, las ventanas. La gatera. Tápiate de mí. De todo lo que te recuerda a mí. De lo que no puede hacer que me olvides. Cuelga el cartel de “Cerrado Porque No Quiero Más!”

O no. O todo lo contrario.

Termínate en mí. Que cuanto ves -cuando no ves más que mis ojos- sea tu principio, tu fin y tu volver a empezar. Cúrate en mis cálidas caricias dibujadas sólo para ti. ¡Como si fuéramos nosotros los que inventamos ayer el verbo acariciar! Mírate en mí. Reconócete en mí. En cada súplica que hago, cada oportunidad que pierdo. Cada lágrima que vierto. Cada sonrisa. Cada agónica espera. Cada silencio.

 

Pero no dejes ¡por Dios! de mirarme en tus manos.

Allí es donde siempre puedes mirarme. Donde siempre estoy.

Y es que -aunque no quiera-… Estoy en tus manos.

 

Pero no te canses. Ni te estreses ni te acabes. Sólo tienes que volver la vista hacia otro lado. Allí donde no estoy. Donde nunca he estado. Donde jamás voy a estar. Ve allí, y quédate. Que no te rocen mis palabras. Mi perfume. Mi voz. Mis labios. Dúchate las ganas de mí. Abandona. Renuncia. Reniega. Como si pudieras vivir sin mí. Como si nunca hubiera existido.

O no. O todo lo contrario.

Ven y anida en mí. Despacio… Salvaje. Será tan cómodo que no querrás salir. Créeme. Sé que será así. Luego descansaremos…, charlando distraídos. Revolcándonos -satisfechos y hambrientos aún- en nuestro mutuo deseo. Consumiéndonos vivos en nuestro propio fuego. Riéndonos de nuestros miedos, preguntándonos por qué. O tal vez, ¿por qué no? Yo me comeré tus labios y tú besarás mis risas. Como si nada más importara. Como si la piel fuera de verdad ley. Mírame. Mírame siempre. Mírame virgen como si antes de ti nada hubiera habido. Dúchate en mí. Respírame profundamente allí donde el placer te duele. Allí donde yo soy más yo que nunca. Y tú mi dueño. Como si yo fuera la mano con que comes. Y a la vez tu alimento. Tú único alimento. Como si nada más existiera.

 

Estoy en tus manos. Sí.

Es cierto.

Pero no importa.

Porque un sueño siempre será un sueño.

Y yo…, una estéril quimera.

Eso sí: Tu quimera.

 

 

Es lo que tiene la lluvia. Que me afila las ganas. Me pone revoltosa. Pelín peligrosa, incluso… ;)  Me espesa las intenciones, pero…, me despierta las palabras.

En fin.

Feliz día gris… ;)

 

 

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Es domingo.

Una tranquila tarde de domingo.

Ha estado todo el día lloviznando. Gris. Precioso.

Estoy sola y acabo de ver una de esas películas que Alva llama “basurillas”.

A ver. Definición de “Basurilla”:

Largometraje fácil de ver, con un transfondo pseudo-romántico, o descaradamente romántico, -de cualquiera de las formas “sensiblero”-, que Alva asegura que sólo ve porque va conmigo (jajaja, “ja, bona excusa te el malalt” “ya, buena excusa tiene el enfermo”, -refrán valenciano que viene a decir que el que no se justifica es porque no quiere-… ;), y en el cual, de forma habitual, -abierta o encubiertamente- acaba soltando la lagrimilla. No te hace pensar demasiado, te deja siempre buen sabor de boca, y tiene -por definición- un final feliz.

Son esas películas con más o menos presupuesto, -principalmente debido al caché de los protagonistas, no por efectos especiales u otras consideraciones cinematográficas-, que pueden ir desde famosos largometrajes como “Kate & Leopold”, “La boda de mi mejor amigo” o “Algo para recordar” (prima hermana de “Tienes un e-mail” :), a películas más modestas de esas que ponen en la sobremesa de los fines de semana o festivos, y que con artistas de segunda fila (o también llamados de “pelis-de-tele”), te hacen pasar un ratito agradable y cómodo.

No son obras de arte. ¡Lo sé! Jajaja. Y aunque Alva las llama “basurillas” (empezó haciéndolo por “echarse unas risas a mi costa”, y al final hemos acabado llamándolas así cariñosamente), sé que en el fondo -vale, quizá muy en el fondo, jajaja- le gusta ver una de vez en cuando, y llega a disfrutarlas tanto como yo… :)

Las que hacen en esta época del año, comienzan a oler indefectiblemente a Navidad. Ya sabéis… Alguien, -normalmente una chica-, -normalmente preciosa-, con tristeza, o algún problema aparentemente irresoluble (que suele resolverse sí o sí, el día 24 de diciembre, o como mucho el 25), acaba siendo ayudada por hados celestiales o ángeles terrenos, y termina feliz, terriblemente emocionada, y, casi siempre, entre los brazos del galán. (Suertuda de los demonios!!!!)

O bien pasa todo a la vez, y a todo el mundo. Como en esta obra coral, de bellas historias y corte elegante, comedido y eminentemente inglés, llamada “Love Actually”.

Aunque el ejemplo por excelencia. La basurilla de todas las basurillas -con todos mis respetos por el inapropiado apelativo-, es, sin lugar a dudas…  “Qué bello es vivir”. Y su famoso toque de campanillas cuando un nuevo ángel consigue sus alas… :)

El film suele atacar -por debajo de la línea de flotación-, directamente a nuestros centros neuronales “más sensibles”. Acostumbra a atacar explotando sin decoro nuestro sentido de la justicia, el sentimiento del amor romántico, nuestra debilidad por los niños -los desvalidos, e incluso los cachorritos perdidos-, la sensación de que todo podría ser perfecto si fuera como en los libros -los perfectos, claro-… Y, -básicamente-, la necesidad que todos tenemos, de vez en cuando, de dejarnos llevar por un ratito, e ilusionarnos con la absurda idea de que un mundo mejor, es posible.

Yo soy una ignorante. Lo he dicho en varias ocasiones. Pero no tanto como para no darme cuenta de que me manipulan… ¡Está bien! ¡¡Lo confieso!! De vez en cuando…, me dejo manipular. Es más, de tarde en tarde, ¡me encanta que me manipulen!!!

Claro que, puestos a volverme de trapo, prefiero que lo haga el director de “La mujer del predicador”, mientras Whitney Houston me canta “I believe in you and me” o “Step by step” (con el increíble coro godspell The Georgia Mass Choir), y tengo que tirar de pañuelitos de papel y sorber ruidosamente los mocos por la nariz…, que los políticos de turno. Que sí. Lo confieso. También me han hecho llorar en más de una ocasión. Pero ha sido porque me he enterado de que han congelado las pensiones a las viudas -mientras ellos se subían el sueldo-, por ejemplo. O cosas parecidas. (Y hoy no les dedico ni una palabra más!!!)

Creedme… Prefiero mil veces que me manipulen Julia Roberts y Hugh Grant en “Notting Hill”, Robin Wright Penn y Cary Elwes en “La princesa prometida”, Marisa Tomei y Robert Doney Jr., en “Sólo tú”, Jack Nicholson y Helen Hunt en “Mejor imposible” o Richard Gere y Julia Roberts (otra vez) en “Pretty Woman”…

Y no te quiero decir nada si la que me manipula es Barbra Streisand, -bajo su propia dirección, y Jeff Brigdes-, en “El amor tiene dos caras”, y al final Pavarotti me canta el Nesum Dorma de Turandot de Puccini, mientras ellos se confiesan que se quieren locamente y que se querrán por siempre jamás, y bailan en medio de la calle mientras la misma Barbra y Bryan Adams cantan “I finally found someone!!!! Jajajaja!!!

Sí! Soy una ignorante. ¿Y una hortera, piensas? ¡Pues vale! ¡¡¡Sí!!! ¡Dale! Tienes razón!!!! Y durante una hora y media, me dejo manipular dócilmente. Y disfruto lo que no está escrito. Ya está. Lo he dicho.

Y, ¿qué? (Léase con tono desafiante, pelín pendenciero. Jajaja!)

O mejor aún:

¿Por qué?

Porque soy una egoísta de tres pares de narices. Por eso. Y de vez en cuando me gusta olvidarme de todo lo malo del mundo, y disfrutar sin pensar en nada más.

Y porque mi niña interior sigue ocupando una parte muy importante dentro de mí. Por eso. (De hecho, yo creo que no es que me sobren kilos, jajaja, es que mi niña interior, -tan presente-, y yo, juntas, no cabemos en este cuerpo… jajajajaja!!!)

No. Va. En serio.

Es, sobre todo, porque durante un buen rato después de haber visto la peli, sigo creyendo que un mundo de armonía y amor entre los hombres es posible. Camino por casa como flotando, sonriendo alegre a todo lo que me rodea como si mi sonrisa pudiera aún cambiar las cosas.

Si de bonitas sonrisas de niños se trata... aquí está la de mi bello "milagrito"

Como cuando era niña. (La sonrisa de los niños tiene un poder mágico, cambia el ánimo de los adultos que los rodean… Es prodigioso.) (Sí, ya sé… Es algo proyectado y llevado a cabo hábilmente por la naturaleza, el hacer que los cachorros -en este caso de humano- resulten encantadores para los adultos, y así sientan la necesidad de cuidarlos y protegerlos, por lo menos hasta que crecen y ya pueden valerse por sí mismos. Lo sé. Soy ignorante. Pero no tanto como para no saber eso. Otra vez: ¿Y qué?!!!)

Durante un buen rato…, creo que todo puede mejorar.  Me siento con fuerzas, incluso, ¡¡¡de hacerlo yo misma!!!

Vale… Quizá sea como una droga. Hay quien prefiere consumir cantidades ingentes de alcohol hasta alcanzar ese estado de beatitud y paz. O quien le da a la hierba (fumada, me refiero, no a cortar el césped), o a la cocaína, o a… Yo prefiero las “basurillas” que pese al nombre, no creo que resulten tan nocivas para mi salud física o mental como otras substancias. Y además, actúan en mí siendo totalmente consciente.

Insisto. Soy ignorante, es verdad. Pero no hasta según qué extremos. Además, si se trata de droga, ya tengo bastante con el rubio mentolado. :(

A veces pienso que “todo vale”. La vida es tan corta… Aún cuando es larga…, ¡es tan corta! Hay tantas cosas que sentir, experimentar, disfrutar. Tanto por lo que reír. Llorar. Emocionarse…

El “todo vale” excluye, -por principio, eso sí- todo lo que ataque directamente la libertad de otros. Pero hasta ahí…, ¡¡¡por todos los dioses, vivamos!!!

Yo no puedo evitar enterarme de los cientos de desgracias que ocurren en un segundo en el mundo. Y sobre todo, lo que es peor, no puedo evitarlas… A pesar de huirles, no puedo evitar saber que están ahí… Soy tan consciente que duele. Y a veces…, sí, lo confieso, -durante un rato-, necesito una dosis de reconfortante antídoto. Necesito inyectarme en vena una porción de basurilla pastelona…, que me haga sonreír estúpidamente y me cargue las pilas. Porque lo mejor de todo es que me carga las pilas. Me llena de Energía. De Fe. De Ganas.

El efecto, por desgracia, no dura mucho. Aunque hay que intentar hacerlo durar, conscientemente, todo lo que se pueda. Pero pronto alguna noticia desgarradora (y no voy a dar ejemplos por no ponerme triste, porque está claro a qué me refiero…, y ejemplos hay hasta decir basta), te saca del estado de placidez, y te conecta rapidísimamente de nuevo, con la descarnada realidad.

Yo descubrí hace mucho, mucho tiempo, que el secreto, no obstante, está en intentar que tu vida -y por ende, la de los que te rodean-, se parezca lo más posible a una de esas basurillas… ¿Por qué no?

Aunque levantes las cejas, incrédulo, yo pienso que es posible. Desde luego, intentarlo no está prohibido. ¿Y qué se pierde con probar?

Ya dije que soy una egoísta integral… Me gusta hacer cosas por los demás, pero por una cuestión de egoísmo superlativo… Por la sensación de placer que me causa ver las sonrisas, observar las reacciones de sorpresa y felicidad… Comprobar que “el método” (y no el de Stanislavski precisamente) funciona. Y “el método” consiste simplemente en intentar repartir un poco de felicidad aquí y allá. Salpicar tu alrededor de momentos divertidos, dulces y entrañables…

Casi como si lanzaras indiscriminadamente al aire cientos de pompas hechas con jabón de “buenos deseos”, y las dejaras volar hasta el cielo en un radiante día de primavera…

 Además, la peña alucinaría con “cómo lo que das se te devuelve”, y se lanzaría a hacer cosas por los demás (que de hecho, pasa constantemente también, el mundo está lleno de ellos, -incluso de aquellos que lo hacen a cambio de nada, ni siquiera de una sonrisa-, sólo que hacen mucho menos ruido que “los otros”), aunque fuera sólo porque al final, esos actos acaban volviendo a ti por “la primera ley” de “el método”, que es “el efecto boomerang”.

Jajajajaja!!! Bueno, todo esto del método, las leyes y todo eso, no son más que tonterías. Palabrería… Que se lo digan si no al de “El secreto” que se forró con un refrito infumable e increíble de un montón de libros de autoayuda mucho más serios y muchísimo menos comerciales que el suyo. (Que los hay que no tienen vergüenza tampoco…)

Pero, en fin…

Os aseguro que no me paga la AAABME, es decir la “Asociación de Actores y Actrices de Basurillas del Mundo del Espectáculo”. Es, sencillamente, que creo que todo lo que nos haga bien, y no perjudique a nadie, vale. Y a mí me hace bien un rato de felicidad sin nocivos efectos secundarios para la salud.

Eso sí. Hasta para ser “un ignorante” y dejarse “manipular” tiene que tener uno, un poco de cabeza.

Tienes que saber que…

Por ver “basurillas” tu vida no cambiará como por arte de magia. Porque lo que estás viendo es tan sólo ficción, y, -aunque no puedas creerlo!!!- probablemente Tom Hanks y Meg Ryan ni tan siquiera se llevaran bien. Y además, casi seguro que serían incapaces de intercambiar un sólo e-mail en su vida real.

Que tú te comportes como James Stewart (en la peli me refiero, claro), no hará que todo tu barrio se lance en tropel a colaborar con unos euros y cancelen, como por arte de birlibirloque, la deuda que tienes contraída con el banco. Negativo. No. :(  Lo siento. Tampoco sonarán campanillas a tu alrededor. Lo siento. Esto no funciona así.

Y por descontado, si has nacido hija de un chófer, difícilmente acabes disfrutando de una romántica noche en París con Humphrey Bogart o Harrison  Ford, por más que te llames Audrey Hepburn (y es que Audrey, mmm…, sólo hay una) o Julia Ormond. No. Lo siento mucho. Pero… No.

Creo, en cambio, que sí deberíamos pensar, más a menudo, que Sí somos responsables de nuestros propios actos -en vez de quejarnos tanto de las nefastas consecuencias de lo que a veces elegimos…- Y que junto con la vida -que es verdad que nos lleva a veces un poco por donde quiere- está tu propia voluntad, tu trabajo y tu determinación. Y con un poco de suerte y -eso sí- mucho esfuerzo, podemos intentar que las cosas se parezcan más a lo que nos gustaría que fueran.

O no. Vete tú a saber.

Esto es, desde luego, sólo una opinión. La mía.  :)

Y, -lamentándolo mucho-, rehúso cualquier responsabilidad legal -o ilegal- devenida de mis palabras. Que a mí me funcione ver de vez en cuando una basurilla, -como el que se toma cada seis horas una cápsula de amor y buen rollo comprimido-, no significa que tenga que funcionarle a nadie más. Además, he de confesar que hace falta, también, un espíritu fuerte y una moral alcoyana, porque en ocasiones las decepciones, los fracasos y la frustración, se convierten en compañeros de viaje, y entonces hay que tirar de donde a veces no hay, para seguir adelante… Pero yo no me quejo. Intento al menos no hacerlo mucho. Y si lo hago, es a solas. Creo que ya he dicho alguna vez que no me convencen los quejicas.

Un saludo a la AAABME. (Quedo a la espera de la comisión acordada… Jajajaja!!!!)

Y a ti, que me lees… No sabes cómo deseo que tengas un día brillante. Un día que ilumine de rebote la vida de los que te rodean. ¿Te imaginas que todos brilláramos a la vez? Sería como ver el cielo en la tierra, desde el cielo. ¿No?

Qué pasada!!!!

Yo. La Otra. Todas las que somos. Y ninguna. Seguiremos soñando.

Mmmm… Me preocupa. Últimamente Todas estamos de acuerdo demasiado a menudo… ¿No significará eso que estoy madurando y convirtiéndome en una persona sensata y cabal? Aaaaaaagggggg!!!

Espero que no.  :)

Feliz día!

 

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 Anteayer, domingo 6 de noviembre, -independientemente de lo que digan la meteorología y el calendario-, entramos de lleno -y por ley, no escrita- en el invierno.

En casa, por lo menos.

Y es que cada casa tiene sus reglas, sus señales inequívocas, sus cánones secretos y sus códigos privados.

El domingo, aunque no hacía mucho frío aún, llovió cadenciosamente durante todo el día. Ya sabéis… Todo lo mojado es mil veces más intenso. La lluvia confiere a lo llovido una viveza latente. Los árboles, las plantas, el césped…, son más verdes que nunca mientras llueve. Y las piedras, la tierra, incluso el asfalto y el cemento, parecen más vivos bajo la lluvia. Todo cobra fuerza, y se imbuye de una silente energía, mientras el cielo se derrama.

Para que el día fuera perfecto, tuvimos el placer de recibir unos grandes amigos a compartir la jornada dominical. Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos, -como tres o cuatro meses-. La reunión prometía. Y, como siempre, cumplió lo prometido.   :)

La comida fue, como acostumbra en esos casos, cómoda, variada, sabrosa y larga. Muy larga. Jajaja. En ella dejamos nuestra impronta tres mujeres: Mi mami que, solícita y desinteresada -no iba a comer con nosotros-, nos preparó su increíble pisto, con su tomate natural, su pimiento, sus piñones y sus horas de lento y concienzudo “chop-chop”, y una suculenta tortilla de alcachofas que comimos calentita, porque la subió justo en el momento en que nos sentábamos a la mesa. Calidad y precisión… :)  Gracias, mami.

Nur, que nos deleitó con un sushi espectacular (con arroz integral, guacamole y una pizquita de salmón ahumado) y su correspondiente salsa casera de soja, jengibre encurtido ¡y wasabi! De muerte. Unas empanadillas preparadas con mucho cariño, harina integral y dos rellenos: Uno de pisto y huevito duro, y otro de tofu y verduritas (hay que tener en cuenta que ella misma y, por ende, tres de los cuatro comensales son vegetarianos, y yo les ando a la zaga). Y dos patés, -como todo, caseros-, uno de hummus con un toque de ajito y el otro de maíz. Deliciosos.

Pero esta foto es de la segunda vez que los hice (la que comió Mari, jajaja). La tarde del domingo no nos dio tiempo ni hacerles foto!!! :)

Y yo, que hasta a mi sabatino baño sagrado renuncié el día anterior para pasarme toda la tarde disfrutando en la cocina, preparé una sopa de muchas verduras finamente troceadas… Sopita calentita para reconfortar el alma… :)  ¡Con permiso de Mafalda, claro! Jajaja… Y unos bollitos “preñaos” de distintos quesos, y tres rellenos de combinados diferentes de verduras,  para los que elaboré ¡otra vez!, una masa de pan con levadura natural!!! (Espero que si lo lee Goizalde, se sienta un poquito orgullosa de mí… :)  Y como no, para merendar… Los donuts caseros de mi maestra Goizalde. Que en esta ocasión, y después de la primera vez, (ésta era ya la tercera que los preparaba), parecían verdaderamente “profesionales”… Jajaja… Y como de casi todo lo que preparamos…, no quedó ni uno!!!  :D

Últimamente ando muy atareada en la cocina. Muy cocinillas. Alva está encantado de la influencia que Goizalde ha obrado sobre mí…   :)

La verdad es que nos dimos un increíble festín… Para el paladar, y para el ánimo. Adoro esas comidas lentas en las que picoteas un poco de todo y charlas y charlas, y te ríes y te ríes, como si durante todo un día tuvieras el convencimiento de que el mundo es perfecto; toda la gente, buena; y nada malo pudiera ocurrir… Bula para ser feliz. El tiempo se consume a sí mismo como si sólo estuviera permitido disfrutar de todo lo esencialmente bueno con que puede ofrendarte la vida.

Todos necesitamos un día de estos de vez en cuando. Y cuando tienes la suerte y el placer de disfrutarlo con “la familia que eliges”, es decir, los amigos, sólo existen dos deberes: Ser consciente y por lo tanto gozarlo intensamente; y dedicar un segundo siquiera a dar las gracias en silencio. Nada más.

Pero hablaba del invierno… De que el invierno llegó anidando a nuestro alrededor. Inclemente -si quieres- en la forma, pero acomodaticio en el fondo.

Cuando acabamos de comer (que ya casi era hora de merendar… jajaja), recogimos la mesa mientras fregábamos, seguíamos riendo y charlando, nos tocábamos (los cuatro…, de cariño, pero la verdad es que somos muy de piel, muy tocones y cariñosos…, ¡que corran los abrazos y los besos!!!), llegó el momento de las infusiones y los cafés… Y justo antes de pasar a acomodarnos en los sofás… Justo en ese laxo y placentero instante…

Llegó el invierno…

Alva, -que ya se lo había preparado “por si acaso…”-, abrió la puerta de la chimenea, acomodó troncos y piñas… Y prendió el invierno.

Las paredes de la casa en semipenumbra -salpicada de decenas de velitas en sus coloridos veleros- parecieron sonreír cuando el cálido y característico tono ámbar-dorado, iluminó con su resplandor añorado cada rincón y los rostros de los que no podíamos apartar, -como siempre ocurre-, nuestra mirada del fuego.

Y así…, resplandecientes, anaranjados, calentitos, con Beethoven y su “Emperador” -el quinto concierto para piano- que Garci sugirió y que puso la nota -nunca mejor dicho- musical del día, la chimenea inundándolo todo como centro indiscutible de atención…, entramos este año en el invierno.

Luego llegaron los donuts -un éxito, de verdad-, como dentro de nada llegará la Navidad…

Nos quedan por delante muchos días cortos y fríos para recogerse pronto en casa. Salir a comprar regalos. Largas sesiones de lectura o pelis en el sofá, abrigados y muy juntitos. Juegos de mesa -Scrabble please!-, y batallas de Lego Star Wars con Armand, rodeados de montañas de palomitas… Los increíbles cocidos de mamá. El Moet Chandon de Nochevieja y el chocolate caliente con buñuelos -durante el Concierto desde Viena- de Año Nuevo. Castañas asadas al fuego. Ir a comprar leña los sábados. Cantidades ingentes de velas. Sopas y cremas. Bufandas y calentadores. Poison, que -es como los Ferrero Rocher de los perfumes, jajaja!!!-, sólo llega a mi vida cuando se va el calor, sustituyendo durante unos meses el Aire de Loewe y el Elixir de Clinique. Orión adueñándose del firmamento. Los añorados rayos de sol del mediodía. La punta de la nariz -la mía- siempre fría. Las manos de Alva -gracias al cielo- siempre calientes… :)

El invierno, hasta que empiece a mutar en primavera, -allá por marzo o abril-, tiene que depararnos aún muchos momentos entrañables y horas de placer… Pero empezar, empezar, lo que se dice empezar, por más que argumenten meteorólogos o se empeñen inflexibles los almanaques, empezó justo cuando Alva, -obrando de hábil maestro de ceremonias-, encendió la chimenea, antes de ayer domingo, día 6 de noviembre.

Mmm… Sólo hay algo que acude a nublar mi alegría durante esas largas noches de invierno, y es pensar en quien no tiene cómo refugiarse de esas bajas temperaturas… Esa inclemencia climática que desde nuestras cálidas -más o menos- casas, el techo sobre nuestras cabezas, la tibieza de nuestras acolchadas camas, no acertamos siquiera a imaginar lo que debe ser no poder huir del frío…

Creo que es uno de los derechos que figura en la Constitución de casi todos los países, ¿no? Derecho a una vivienda digna… ¡Ya! Lo mismito que el derecho a un trabajo… En fin. Sin comentarios.

Tengo que hacer un ejercicio de egoísmo intenso, consciente y premeditado, para no sentir cómo me cruje el corazón al pensar en todas las injusticias del mundo… Pero no ya aquellas que se dan en países desconocidos a la otra parte del mundo. Que también. Pero no. No hace falta irse tan lejos. Hay personas que pasan hambre, frío y penurias, muy cerquita de nosotros. A nuestro lado.

No quiero ponerme dramática al final, y estropear con una nota triste el recuerdo de un día maravilloso. El primer día de invierno, además, al menos en nuestra casa.

No es eso. Pero me cuesta no mirar atrás. Si me preguntas a mí te diré que son reminiscencias de mi yaya, -la mamá de mi mamá- y mi mamá, y sus enseñanzas sobre ser agradecido y pensar siempre en los menos afortunados que uno mismo. Si preguntas a otro, probablemente te hablará de moral-judeo-cristiana, sentimiento de culpa o hipocresía…

No lo sé, la verdad. Nadie es nunca tan bueno como parece, ni tan malo como aparenta. Salvo contadas excepciones, -Teresas de Calcuta en un extremo, y desalmados asesinos en serie en el otro-, el resto de humanos nos movemos en un amplio y confuso abanico de grises, y salpicamos nuestra vida, por igual, de encomiables acciones y actos vergonzosos. Y juzgar es -casi siempre- hacer firmes oposiciones a meter la pata, ya que el porqué de nuestros actos responde a la complejidad de nuestras vidas y las concretísimas circunstancias en las que nos hallemos. Y casi nadie estamos en disposición de levantar la mano para tirar una piedra… Aunque al parecer eso es algo que nos encanta…, sobre todo lo de tirar la piedra y esconder después la mano…

Insisto: No sé qué es lo que pasa.

Sé que tengo la sensación de que el mundo debería ser de otra forma. Tengo la firme convicción de que podríamos hacer que el mundo fuera de otra forma!!! ¡En serio que lo creo! Quizá no tan “súper, o sea, jo, mari por fa” para algunos pocos, pero un poco mejor para todos en general. Ese pensamiento atenaza, de alguna forma, la mayoría de mis días. Y me avergüenza. ¡Lo que es peor! Hace que me avergüence -en ocasiones-, incluso, de mi propia felicidad.

Todo el mundo debería tener la oportunidad, -porque en realidad es un derecho-, a poder celebrar, -por ejemplo- con un tonto acto simbólico, cuándo comienza el invierno en su casa, porque puede encender una chimenea, sacar una estufa o desplegar los edredones que con tanto mimo guardó el año pasado… Cosas que a muchos nos parecen “normales”, pero que no todos pueden disfrutar.

Ya me lo dijo una vez un amigo muy querido, hace muchos años, una tarde que nos habíamos enzarzado en una discusión sobre este mismo tema, y a él le tocó el papel de abogado del diablo: “La conciencia es muy mala. Suele atacar a los que poco pueden hacer, y pasa sin rozar a los que podrían hacer algo…” Es un tío muy inteligente.

En mi caso, mi problema es que tengo que tratar de aunar la felicidad por lo que tengo, -que no es mucho, no os vayáis a pensar, pero soy consciente de que es más de lo que necesito-, con lo que sé que no tienen muchas personas y que quizá merezcan -posiblemente-  incluso más que yo.

Sé que debo ser feliz con lo que tengo, -porque según mis convicciones eso es una obligación-, y a la vez debo vivir con la tristeza de ser consciente de que son muchos los que viven -y lo que es peor aún, mueren- sin llegar a tener nunca siquiera lo mínimo, que sin duda es mucho menos de lo que merecen.

El mundo está mal repartido. Muy, muy mal repartido.

La justicia es una quimera. Una mierda de quimera.

Y la consciencia va a parar a los que poco podemos hacer con ella.

Sí. Es una putada.

Pero también soy de las que defienden que uno no se puede pasar la vida llorando. No me gustan los quejicas y los que siempre andan lamentándose por todo, indiscriminadamente, sin un espíritu constructivo. Sobre todo cuando no dejo de conocer personas que estando mucho peor que yo, suelen enfrentar la vida con una sonrisa y con un espíritu alegre fundamentado en la esperanza.

Sólo por ellos, por esas personas que tanto admiro…, voy a intentar seguir adelante. Y voy a intentar hacerlo disfrutando las cosas que tengo, dándoles su valor y gritando a los cuatro vientos las gracias por poder tenerlas. Intentando cambiar a la vez, -en la medida que puedo- las cosas que veo y no me gustan, haciendo lo que pueda… Porque una vez leí un graffitti precioso que decía: “Tu pasividad es complicidad.” Y de verdad que me agitó las entrañas y me dejó tocada de por vida… Hay que hacer algo, aunque sea pequeño, aunque parezca poquito…, porque un poquito de muchos, se convierte en un “muchito”, y oye…, ¿quién sabe?

Por eso voy a decir -con la boca muy grande y la frente muy alta-, que este domingo pasado fue precioso. Porque en casa, -con buenos amigos y respirando amor y buen rollo-, encendimos la chimenea inaugurando así el invierno… Y con todo lo que tengo, lo que no poseo, lo que soy. Lo que no me gustaría ser, lo que quisiera ser y no llegaré a ser nunca, lo que sueño. Lo que detesto, lo que amo y lo que no quisiera tener que odiar… “Es tremendo estar vivo”, y soy consciente de que soy una mujer tremendamete afortunada. Y feliz.

Y soy Todas. Ninguna. Yo sola. Otra.

Pero por suerte, en esto, todas mis voces estamos de acuerdo…

 

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La capacidad de Ver

 

 

 

 

 

No quisiera nunca olvidar que veo.

No puedo.

Olvidar que veo sería olvidarte. Olvidarle. Olvidarme.

Olvidar que veo sería perder. Perder y perderme.

Sería negar que existen las estrellas. Ellas, y todos los deseos que me concedieron. No. Sería aún peor. Sería rechazar que durante un tiempo, yo creí firmemente que ver una estrella fugaz me concedía un deseo.

Sería como matar esa ilusión. Desterrarla para siempre de mi historia. Asesinarla.

No. No puedo. No puedo olvidar que veo.

Olvidar que veo sería morirte. Matarle. Morirme.

Olvidar que veo sería fallar. Fallar y fallarme.

Sería aceptar que nada importa demasiado. Que da igual ocho que ochenta, que es lo mismo pasear en noche cerrada que con luna llena. Sería venderse al enemigo, ése que intenta -para mejor manipularte- que llegues a creer que no importa en lo que crees.

Pero, no te engañes. Ver, y no querer dejar de ver, requiere ganas. Capacidad de lucha. Valor y voluntad a partes iguales. Y cojones. U ovarios. Depende.

Lo cierto es que hay que ser valiente. Para ver. Valiente para Verlo todo, y querer seguir viendo.

Para no vender barata la piel por un cruel latigazo. Para mantener la ilusión tras un nuevo desengaño. Para no rechazar la verdad aunque te rocíen de mentiras. Para aceptar que a veces todo es feo, pero que lo hermoso sigue ahí, a la vuelta de la próxima esquina.

Para no dejar tirada la única verdad. Que soy un ser afortunado. Pero no porque la vida me trate bien -que lo hace-, sino porque todos y cada uno de nosotros, -¡tú también!- venimos al mundo con una habilidad que nada ni nadie puede arrebatarnos: La capacidad de Ver.

Y no me refiero a mirar por encima. Ni siquiera a observar detenidamente. Es mucho más sencillo e instintivo. Me refiero a Ver.

Porque cuando Veo, ya no puedo volver la vista atrás. Ni fingir que no he visto. Ni dejar de Ver.

No. No puedo permitirme el lujo de olvidar que veo.

Que veo la música.

Que escucho las flores.

Que huelo el silencio.

Que saboreo tu voz.

Que toco tu recuerdo.

No. No puedo olvidarlo.

Porque quizá entonces deje de saborear la música.

De tocar las flores.

De escuchar el silencio.

De ver tu voz.

De oler tu recuerdo.

Y yo sólo soy yo. Distinta. Mejor. Única. -Como todos-. Porque veo. Y porque lo sé.

Y sobre todo porque cada mañana me levanto y me enfrento al mundo con una idea que me abre los ojos y me instala en la esperanza. Una idea -humilde y, empero, grandiosa- bien enganchada a mis entrañas:

No quisiera nunca -¡nunca, por favor!- olvidar que veo.

 

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Alea jacta est

...

 

 

 

 

Dicen que una princesa cautiva, presa del aburrimiento -y de sus propios quebrantos- tomó las cintas negras y blancas que adornaban sus cabellos, y trenzándolas en plano y paralelo inventó, del ajedrez, el tablero…

Con el recuerdo de lo que más amaba, su padre el Rey, y su madre, la Dama; dos oráculos del Reino, astutos magos llamados Alfil; sus dos Caballos favoritos; las dos altas Torres que defendían el castillo que la vio nacer, y ocho peones que antaño la custodiaban, organizó un ejército con que enfrentarse a su soledad y su desespero.

La Guardia de la Luz, lo llamó. Y para no volverse loca -jugando sola- organizó también -del otro lado- La Legión de las Sombras.

Dispuso las piezas sobre las cintas de seda bellamente tramadas, y dejando abajo -a su derecha- un escaque albo, lanzó un grito de aliento a sus tropas -ambas-, y comenzó la batalla.

Valiente y ansiosa, hizo a un peón de sus huestes blancas dar de frente dos pasos. Ahora ya no había vuelta atrás. Ningún guerrero, hijo de papá Honor y mamá Valentía, daría nunca un paso en retirada. La eterna contienda entre luces y sombras…, había empezado.

La Guardia de la Luz perdió un alfil y los dos caballos defendiendo que sólo la senda de lo diáfano concede honra y gloria. Y la Legión de las Sombras cedió un caballo y las dos torres, enarbolando el estandarte de la arrebatada pasión y el encendido deseo.

Por el camino, -en absurdos enfrentamientos ora y brillantes escaramuzas después-, derramaron su sangre inocente peones sin nombre de ambos bandos.

La Princesa presa observaba atónita el accidentado campo de batalla, -cada vez más mermado de efectivos combatientes-, mientras trebejos blancos y negros se amontonaban vencidos al pie del tablero.

La ancestral lucha entre el bien y el mal,  lo que tengo y lo que espero, lo que debo y lo que quiero, mantuvo durante días a la Princesa volcada sobre sus propias contiendas.

Por un momento, del lado de la blancas, estaba convencida de que vencería la Luz, “el bien”, lo que tiene y lo que debe… Para un momento después subirse a lomos de un salvaje corcel negro y apostar por las sombras, “el mal”, lo que espera y lo que quiere…

Y, ¡qué equilibrada batalla! Cruzada de arquetipos, formas y paradigmas, vacías de sentido las unas sin las otras.

Que a veces para definir algo que es presumiblemente “bueno”, no podemos sino recurrir de forma irremediable a aquello que en contraposición es presuntamente “malo”.

¡Eh! Y que tire la primera piedra aquel que ande libre de pecado!!!

Vivimos inmersos en una lucha constante. Esperando encontrar en nuestra desesperada búsqueda: La equidad, el orden, la estabilidad. Para poder por fin respirar el delicado perfume del tan ansiado equilibrio.

Olvidando, sin embargo que, a veces, lo que nos hace sentir vivos, ¡aquello que durante un breve instante nos acerca a tocar la felicidad con la punta de los dedos…! No se halla sino en la parcialidad, la osadía, y el apasionamiento.

La Princesa se da cuenta de que…, vale, es cierto, quizá no acaba de descubrir la panacea universal, pero pararse a pensar en que todo tiene sentido porque a la vez no lo tiene, es, como poco, revelador. Una idea que cruza las vastas filas de sus creencias, agitando conciencia, voluntad y querencias.

El valor de la propia vida viene definido de forma intrínseca por la definitiva muerte. Nadie vive eternamente. Sin muerte no hay vida. Sin luces no hay sombras. Sin lo malo, lo bueno es sólo un huero concepto que como poco renquea.

Piensa la Princesa: La batalla entre La Guardia de la Luz, y La Legión de las Sombras, es después de todo, el natural estado de las cosas.

Para entonces los dos Reyes, muy solitos ya, orgullosos aún pero muy cansados, replegados en sendos rincones de sus mundos que ajenos a ellos se solapan y se entremezclan, -hasta el punto de alternar escaques de ambos colores-, se observan tragando con dificultad saliva y mirándose desafiantes.

Y sus Damas, esas aguerridas guerreras con faldas y tiara, -mujeres vitales e indómitas-, recorren incansables los confines de un universo en el que -es cierto- caben todos, pero en perpetua contienda.

Y aunque los cuatro quieran negarlo, todo comienza a oler demasiado a que hay luchas que no terminan nunca. Que los intentos desesperados por ganar, no son más que eso… Intentos desesperados. Y aunque odien la palabra, igualmente tendrán que acabar asumiendo que la partida pinta en “tablas”.

La Dama nívea, con un movimiento temerario, se acerca a la Dama oscura, y le advierte, quién sabe si buscando una tregua:

No olvidéis, Señora, que la Luz lo es todo.

A lo que la Dama negra, dando media vuelta y abandonando.-el gesto altivo- el tablero, contesta:

Es posible, pero… Recordad vos: In absentia luce tenebrae vincit.

O lo que es lo mismo: En ausencia de Luz, la Oscuridad prevalece.

……………………..

La Princesa deshace el tablero. Vuelve a trenzarse con las cintas el pelo y trata de convertir en una sonrisa el llanto.

No es resignación. Es acatamiento de la realidad. Nadie puede escapar de sí mismo. Lo sabe. Sigue, como siempre, cautiva de sus instintos.

Ahora ya sabe que nadie gana ni pierde, que no hay buenos ni malos. Que la Luz y la Oscuridad sólo existen porque coexisten y van cogidas de la mano. Seguirá adelante. No queda otra. Sufriendo las ausencias. Lamiéndose las heridas. Tratando de no esperar para no acabar desesperando…

O lo que es lo mismo:

Alea jacta est.

 

 

 

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