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Todos somos “Uno”

 

 

 

Mmm… Hace fresquito ya, pero… ¡Un momento!

¡¡¡Voy a ver cómo está el cielo!!!

Ya.

Fantástico. Impresionante.

La verdad es que parece que de tanto llover estos días atrás…, el cielo se hubiera limpiado… :)  Se le ve reluciente. Intenso. Poderoso. Inexpugnable.

Todo apunta a que mañana será un día soleado. Un día radiante posiblemente. No lo sé. Lo digo por lo despejado que se ve allá arriba…

Pero eso será mañana…

Ahora es de noche. Noche entrada. Madrugada. De hecho ya hace un par de horitas que la mágica hora bruja quedó atrás…

Estoy sola. (Despierta, me refiero. Alva duerme hace rato con una sonrisa en los labios. Lo sé porque cuando fui a arroparlo, a apagarle la luz y recogerle el libro de entre las manos…, dormía plácidamente. Como un bendito. Como sólo duermen los limpios de conciencia. Y sonreía. Espero que esa sonrisa sea reflejo del color de sus sueños. Nadie merece sueños más dulces que Alva…)

La casa se queda en silencio. Medio en penumbras. Sólo la titilante luz de las velas ilumina con calidez mis sombras.

En estos instantes es cuando -ajena a mi control- me muta el alma y se transforma en Otra mi piel. Soy yo y no lo soy. Soy Otra y soy todas. Y ninguna en concreto. Sólo una más. Sólo una idea. La voz de una idea. Una voz que toma el relevo de mi conciencia para perderse allí donde mi conciencia no se atreve a encontrarse…

Miro mis manos sobre el teclado. Prestas. Dóciles. Dispuestas a dejarse llevar…

Y recuerdo un dibujo. Un dibujo que ha sido estandarte de muchas de mis carpetas…

 

Manos.

 

Manos que van construyéndose a sí mismas. Que con cada nuevo trazo se reconocen y -a un tiempo- se descubren nuevas. Se reinventan. Manos que todo lo quieren tocar. Sentir. Recordar. Que si estuvieran más vivas explotarían…, y convertidas en estrellas irían a parar muy lejos. Muy alto. A la verita de Orión. Y desde allí, empuñando su espada -cual valiente amazona-, se alzarían en pie de amor contra todo lo que se moviera. Que todo es susceptible de ser amado. Y lo que no…, lo convierto porque mi espada además de espada es también varita mágica. De hecho es lo que a mí me dé la gana que sea.  Que para eso soy yo quien está escribiendo… Por algo soy yo la dueña de mis desvelos.

Y te busco. ¡Sí! ¡A ti que ahora me lees! ¡¡Donde estés!! Te busco, te hallo y te subyugo. Venga…, déjate. No te va a doler.

Mis manos te acompañan. Es más, te guían. Tranquilo, no iremos muy lejos. De hecho, hace ya mucho que llegaste donde querías llegar. A ti.

Estás en ti. Y lo estás de la misma incomprensible forma que estás en mí. Y a mí me ocurre lo mismo. Estoy en mí pero -de mil formas distintas- estoy también en ti.

Y lo estoy a través de una carta escrita hace mil años en la que puse -además de mi perfume- todo mi amor. O mi sorpresa. O mis palabras de ánimo. Y si no fui yo la que te escribió esa carta… Piénsalo bien. Alguien lo hizo. Y a pesar del paso del tiempo o el espacio… Sigue en ti.

Y lo estoy porque mis manos te buscaron en la oscuridad, ansiosas. O enjugaron tus lágrimas la gélida tarde de un perdido otoño. Y si no fui yo. Busca en tus recuerdos… Fue Otra. Fue alguien. Alguien lo hizo.

Y lo estoy porque una primavera en que andabas cabizbajo por la calle, con el peso de un problema impertinente en las espaldas… Cuando -llevado de la traición sufrida o el desengaño impuesto- pensabas que nadie merecía la pena… El camino de nuestros deambulares nos encontró una mañana, y mientras esperabas distraído a cruzar el semáforo…, recalaste en mi sonrisa. Cómoda. Sincera. Abierta y cálida. Que te golpeo el corazón despertando sentimientos en ese momento enterrados bajo montañas de decepción. Y te cambio la perspectiva. Reconócelo. Aunque nunca más volvimos a vernos. Era yo. O quizá no. Quizá fue Otra. Otro.

O mejor… Quizá fuiste tú. ¡Sí! Seguro que fuiste tú el que sonreíste a un desconocido sólo por el placer de sonreír…

Todos, -gracias al cielo-, sonreímos o somos sonreídos muchas veces a lo largo de nuestra existencia. Algunas, ni siquiera las vemos. Otras, las encajamos gratamente sorprendidos, aunque luego las olvidemos. O tal vez lo que olvidamos es que fuimos nosotros los que sonreímos… :)

No importa. Porque la impronta queda. Y ajena a ti, sigue su camino. Labra -imperturbable- su destino.

¡Qué grande! ¡Qué infinito el poder de todos nuestros actos! De los que hacemos. -Y de los que no-. De los que recibimos. -De los que nunca nos llegan, también-.

Es la teoría de Uno.

“Todos somos Uno.”

Y, por supuesto, no la he inventado yo.

A mí me llegó a través de “Uno”. De Richard Bach, el autor del incombustible “Juan Salvador Gaviota”. Y mi particular interpretación hizo que fuera, no como un descubrimiento, sino como un reconocer algo que siempre había sabido…

Todos somos “Uno”. Todos procedemos del mismo originario polvo de estrellas. Estamos hechos de la misma materia. Y nuestros sueños, de la misma materia de la que están hechos todos los sueños.

Unos más, unos menos, lloramos por las mismas cosas, nos enamoramos de las mismas ideas, vibramos en consonancia con lo que a todos nos resuena muy dentro. Y a menudo nos sorprendemos de vibrar en la misma frecuencia que alguien que vive a cientos de miles de kilómetros. Que no conocemos. Que jamás quizá nunca conozcamos… O a siglos de distancia. Que con seguridad murió hace cientos de años. Pero, entonces, aún así…

¡¡¡Nos reconocemos…!!! En lo que escribe. O lo que escribió cuando ni siquiera los padres de nuestros padres habían nacido. En su música. En lo que fotografía. En cómo pinta. En cómo baila. En su voz. En cómo -cuando habla- mueve las manos…

Esas manos que bien podrían ser nuestras. -Con las que acariciamos.- O no. O bien son las manos de la persona que amamos. -Con las que nos acarician.- O aquellas que nunca nos acariciarán pero a las que en cambio amaremos siempre. Como son amadas nuestras manos.

Las tuyas. Las mías. Las de aquél de más allá. Las del que se fue ayer. Las del que todavía ha de nacer.

Manos.

Sonrisas.

Gestos. Caricias.

Sueños. Miedos. Verdades. Mentiras.

Tan distintos -como nos creemos-. Y tan iguales -como en verdad somos-.

 

Hechos de la misma piel.

 

Destilando la misma sangre.

 

Retratados en nuestras manos.

 

Dueños de ellas. Dueños de unas manos que todo lo pueden. Hermosas por lo fértiles. Fuertes. Grandes pequeñas suaves callosas. Hechas de pan. De cristal. Capaces en su mutismo de contar lo que las palabras no se atreven. Hábiles sirenas en el mar de la piel. Diestras -o zurdas- en cuidar. En curar.

¿Qué no has curado con tus manos? ¡Míralas! ¿Qué no has dado en ellas? En lo que tocas, en lo que hincas los dedos con furia desatada. En lo que dibujas. En lo que proteges con pasión. En lo que descubres. En lo que conquistas. En lo que cocinas.

¿Y qué no te han dado? ¡Piénsalo! Vuelve la vista atrás. Analiza el sendero de tu piel. Rememora. ¡Recuerda! ¿De cuántas manos estás construido? ¿Cuántas manos han pasado por ti y te han convertido en lo que hoy eres? En ti mismo.

¿Están las mías entre esas manos? Si no es así no importa. Porque seguro, ¡seguro!, están las de Otra. Las de cientos de otras personas. Miles probablemente. Porque crecemos alimentados por sonrisas de las que bebemos, y manos que nos sustentan.

Y a un tiempo. A la vez. Somos para otros sonrisas y manos.

Te propongo un juego. ¡Venga, atrévete!

Intenta por un día, un solo día siquiera -veeenga.., aunque sólo sea un ratito de un día-, ser consciente de todas las sonrisas. No sólo de las que prodigas, sino de las que eres objeto. ¿Cuántos labios se curvan hacia arriba hoy sólo para ti? ¡Mírate en ellas! En esas sonrisas. Devuélvelas. ¡Multiplícalas! ¡¡¡Que corran las sonrisas inundándolo todo como si nuestras bocas fueran mariposas y andáramos en primavera!!!

 

Y por un día…, siquiera por un día, fíjate en todo lo que tocan tus manos. En el objetivo con que lo tocas. ¿Para quién escribes, abres, cierras, destapas, cortas, aprietas, sujetas? ¿A quién tocas? ¿Por qué? ¿Para qué? Y…, ¿quién te toca? ¿Dónde? ¿Cómo?

Toca incluso a quien está a tanta distancia que pareciera imposible. Se puede. Lo sé.

Es más. Toca a quien ya no está. Que si ya no pueden tus manos, seguro que tu sonrisa alcanza a acariciar su recuerdo. Eso ¡siempre! se puede.

O no. No te preocupes. Sólo era un juego.

Por mi parte. Yo, -todas, ninguna, Otra-…, dejo prendido en ti el calor de mi sonrisa.

Y mis manos… Mira las tuyas… Mis manos descansan, complacidas, en tus manos. Acariciando.

 

En efecto. Tras la oscura noche llegó un día brillante.

Un día lleno de sonrisas. De manos.

Vive!

Disfruta!

 

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