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Posts Tagged ‘“sin techo”’

 

 

 

 Anteayer, domingo 6 de noviembre, -independientemente de lo que digan la meteorología y el calendario-, entramos de lleno -y por ley, no escrita- en el invierno.

En casa, por lo menos.

Y es que cada casa tiene sus reglas, sus señales inequívocas, sus cánones secretos y sus códigos privados.

El domingo, aunque no hacía mucho frío aún, llovió cadenciosamente durante todo el día. Ya sabéis… Todo lo mojado es mil veces más intenso. La lluvia confiere a lo llovido una viveza latente. Los árboles, las plantas, el césped…, son más verdes que nunca mientras llueve. Y las piedras, la tierra, incluso el asfalto y el cemento, parecen más vivos bajo la lluvia. Todo cobra fuerza, y se imbuye de una silente energía, mientras el cielo se derrama.

Para que el día fuera perfecto, tuvimos el placer de recibir unos grandes amigos a compartir la jornada dominical. Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos, -como tres o cuatro meses-. La reunión prometía. Y, como siempre, cumplió lo prometido.   :)

La comida fue, como acostumbra en esos casos, cómoda, variada, sabrosa y larga. Muy larga. Jajaja. En ella dejamos nuestra impronta tres mujeres: Mi mami que, solícita y desinteresada -no iba a comer con nosotros-, nos preparó su increíble pisto, con su tomate natural, su pimiento, sus piñones y sus horas de lento y concienzudo “chop-chop”, y una suculenta tortilla de alcachofas que comimos calentita, porque la subió justo en el momento en que nos sentábamos a la mesa. Calidad y precisión… :)  Gracias, mami.

Nur, que nos deleitó con un sushi espectacular (con arroz integral, guacamole y una pizquita de salmón ahumado) y su correspondiente salsa casera de soja, jengibre encurtido ¡y wasabi! De muerte. Unas empanadillas preparadas con mucho cariño, harina integral y dos rellenos: Uno de pisto y huevito duro, y otro de tofu y verduritas (hay que tener en cuenta que ella misma y, por ende, tres de los cuatro comensales son vegetarianos, y yo les ando a la zaga). Y dos patés, -como todo, caseros-, uno de hummus con un toque de ajito y el otro de maíz. Deliciosos.

Pero esta foto es de la segunda vez que los hice (la que comió Mari, jajaja). La tarde del domingo no nos dio tiempo ni hacerles foto!!! :)

Y yo, que hasta a mi sabatino baño sagrado renuncié el día anterior para pasarme toda la tarde disfrutando en la cocina, preparé una sopa de muchas verduras finamente troceadas… Sopita calentita para reconfortar el alma… :)  ¡Con permiso de Mafalda, claro! Jajaja… Y unos bollitos “preñaos” de distintos quesos, y tres rellenos de combinados diferentes de verduras,  para los que elaboré ¡otra vez!, una masa de pan con levadura natural!!! (Espero que si lo lee Goizalde, se sienta un poquito orgullosa de mí… :)  Y como no, para merendar… Los donuts caseros de mi maestra Goizalde. Que en esta ocasión, y después de la primera vez, (ésta era ya la tercera que los preparaba), parecían verdaderamente “profesionales”… Jajaja… Y como de casi todo lo que preparamos…, no quedó ni uno!!!  :D

Últimamente ando muy atareada en la cocina. Muy cocinillas. Alva está encantado de la influencia que Goizalde ha obrado sobre mí…   :)

La verdad es que nos dimos un increíble festín… Para el paladar, y para el ánimo. Adoro esas comidas lentas en las que picoteas un poco de todo y charlas y charlas, y te ríes y te ríes, como si durante todo un día tuvieras el convencimiento de que el mundo es perfecto; toda la gente, buena; y nada malo pudiera ocurrir… Bula para ser feliz. El tiempo se consume a sí mismo como si sólo estuviera permitido disfrutar de todo lo esencialmente bueno con que puede ofrendarte la vida.

Todos necesitamos un día de estos de vez en cuando. Y cuando tienes la suerte y el placer de disfrutarlo con “la familia que eliges”, es decir, los amigos, sólo existen dos deberes: Ser consciente y por lo tanto gozarlo intensamente; y dedicar un segundo siquiera a dar las gracias en silencio. Nada más.

Pero hablaba del invierno… De que el invierno llegó anidando a nuestro alrededor. Inclemente -si quieres- en la forma, pero acomodaticio en el fondo.

Cuando acabamos de comer (que ya casi era hora de merendar… jajaja), recogimos la mesa mientras fregábamos, seguíamos riendo y charlando, nos tocábamos (los cuatro…, de cariño, pero la verdad es que somos muy de piel, muy tocones y cariñosos…, ¡que corran los abrazos y los besos!!!), llegó el momento de las infusiones y los cafés… Y justo antes de pasar a acomodarnos en los sofás… Justo en ese laxo y placentero instante…

Llegó el invierno…

Alva, -que ya se lo había preparado “por si acaso…”-, abrió la puerta de la chimenea, acomodó troncos y piñas… Y prendió el invierno.

Las paredes de la casa en semipenumbra -salpicada de decenas de velitas en sus coloridos veleros- parecieron sonreír cuando el cálido y característico tono ámbar-dorado, iluminó con su resplandor añorado cada rincón y los rostros de los que no podíamos apartar, -como siempre ocurre-, nuestra mirada del fuego.

Y así…, resplandecientes, anaranjados, calentitos, con Beethoven y su “Emperador” -el quinto concierto para piano- que Garci sugirió y que puso la nota -nunca mejor dicho- musical del día, la chimenea inundándolo todo como centro indiscutible de atención…, entramos este año en el invierno.

Luego llegaron los donuts -un éxito, de verdad-, como dentro de nada llegará la Navidad…

Nos quedan por delante muchos días cortos y fríos para recogerse pronto en casa. Salir a comprar regalos. Largas sesiones de lectura o pelis en el sofá, abrigados y muy juntitos. Juegos de mesa -Scrabble please!-, y batallas de Lego Star Wars con Armand, rodeados de montañas de palomitas… Los increíbles cocidos de mamá. El Moet Chandon de Nochevieja y el chocolate caliente con buñuelos -durante el Concierto desde Viena- de Año Nuevo. Castañas asadas al fuego. Ir a comprar leña los sábados. Cantidades ingentes de velas. Sopas y cremas. Bufandas y calentadores. Poison, que -es como los Ferrero Rocher de los perfumes, jajaja!!!-, sólo llega a mi vida cuando se va el calor, sustituyendo durante unos meses el Aire de Loewe y el Elixir de Clinique. Orión adueñándose del firmamento. Los añorados rayos de sol del mediodía. La punta de la nariz -la mía- siempre fría. Las manos de Alva -gracias al cielo- siempre calientes… :)

El invierno, hasta que empiece a mutar en primavera, -allá por marzo o abril-, tiene que depararnos aún muchos momentos entrañables y horas de placer… Pero empezar, empezar, lo que se dice empezar, por más que argumenten meteorólogos o se empeñen inflexibles los almanaques, empezó justo cuando Alva, -obrando de hábil maestro de ceremonias-, encendió la chimenea, antes de ayer domingo, día 6 de noviembre.

Mmm… Sólo hay algo que acude a nublar mi alegría durante esas largas noches de invierno, y es pensar en quien no tiene cómo refugiarse de esas bajas temperaturas… Esa inclemencia climática que desde nuestras cálidas -más o menos- casas, el techo sobre nuestras cabezas, la tibieza de nuestras acolchadas camas, no acertamos siquiera a imaginar lo que debe ser no poder huir del frío…

Creo que es uno de los derechos que figura en la Constitución de casi todos los países, ¿no? Derecho a una vivienda digna… ¡Ya! Lo mismito que el derecho a un trabajo… En fin. Sin comentarios.

Tengo que hacer un ejercicio de egoísmo intenso, consciente y premeditado, para no sentir cómo me cruje el corazón al pensar en todas las injusticias del mundo… Pero no ya aquellas que se dan en países desconocidos a la otra parte del mundo. Que también. Pero no. No hace falta irse tan lejos. Hay personas que pasan hambre, frío y penurias, muy cerquita de nosotros. A nuestro lado.

No quiero ponerme dramática al final, y estropear con una nota triste el recuerdo de un día maravilloso. El primer día de invierno, además, al menos en nuestra casa.

No es eso. Pero me cuesta no mirar atrás. Si me preguntas a mí te diré que son reminiscencias de mi yaya, -la mamá de mi mamá- y mi mamá, y sus enseñanzas sobre ser agradecido y pensar siempre en los menos afortunados que uno mismo. Si preguntas a otro, probablemente te hablará de moral-judeo-cristiana, sentimiento de culpa o hipocresía…

No lo sé, la verdad. Nadie es nunca tan bueno como parece, ni tan malo como aparenta. Salvo contadas excepciones, -Teresas de Calcuta en un extremo, y desalmados asesinos en serie en el otro-, el resto de humanos nos movemos en un amplio y confuso abanico de grises, y salpicamos nuestra vida, por igual, de encomiables acciones y actos vergonzosos. Y juzgar es -casi siempre- hacer firmes oposiciones a meter la pata, ya que el porqué de nuestros actos responde a la complejidad de nuestras vidas y las concretísimas circunstancias en las que nos hallemos. Y casi nadie estamos en disposición de levantar la mano para tirar una piedra… Aunque al parecer eso es algo que nos encanta…, sobre todo lo de tirar la piedra y esconder después la mano…

Insisto: No sé qué es lo que pasa.

Sé que tengo la sensación de que el mundo debería ser de otra forma. Tengo la firme convicción de que podríamos hacer que el mundo fuera de otra forma!!! ¡En serio que lo creo! Quizá no tan “súper, o sea, jo, mari por fa” para algunos pocos, pero un poco mejor para todos en general. Ese pensamiento atenaza, de alguna forma, la mayoría de mis días. Y me avergüenza. ¡Lo que es peor! Hace que me avergüence -en ocasiones-, incluso, de mi propia felicidad.

Todo el mundo debería tener la oportunidad, -porque en realidad es un derecho-, a poder celebrar, -por ejemplo- con un tonto acto simbólico, cuándo comienza el invierno en su casa, porque puede encender una chimenea, sacar una estufa o desplegar los edredones que con tanto mimo guardó el año pasado… Cosas que a muchos nos parecen “normales”, pero que no todos pueden disfrutar.

Ya me lo dijo una vez un amigo muy querido, hace muchos años, una tarde que nos habíamos enzarzado en una discusión sobre este mismo tema, y a él le tocó el papel de abogado del diablo: “La conciencia es muy mala. Suele atacar a los que poco pueden hacer, y pasa sin rozar a los que podrían hacer algo…” Es un tío muy inteligente.

En mi caso, mi problema es que tengo que tratar de aunar la felicidad por lo que tengo, -que no es mucho, no os vayáis a pensar, pero soy consciente de que es más de lo que necesito-, con lo que sé que no tienen muchas personas y que quizá merezcan -posiblemente-  incluso más que yo.

Sé que debo ser feliz con lo que tengo, -porque según mis convicciones eso es una obligación-, y a la vez debo vivir con la tristeza de ser consciente de que son muchos los que viven -y lo que es peor aún, mueren- sin llegar a tener nunca siquiera lo mínimo, que sin duda es mucho menos de lo que merecen.

El mundo está mal repartido. Muy, muy mal repartido.

La justicia es una quimera. Una mierda de quimera.

Y la consciencia va a parar a los que poco podemos hacer con ella.

Sí. Es una putada.

Pero también soy de las que defienden que uno no se puede pasar la vida llorando. No me gustan los quejicas y los que siempre andan lamentándose por todo, indiscriminadamente, sin un espíritu constructivo. Sobre todo cuando no dejo de conocer personas que estando mucho peor que yo, suelen enfrentar la vida con una sonrisa y con un espíritu alegre fundamentado en la esperanza.

Sólo por ellos, por esas personas que tanto admiro…, voy a intentar seguir adelante. Y voy a intentar hacerlo disfrutando las cosas que tengo, dándoles su valor y gritando a los cuatro vientos las gracias por poder tenerlas. Intentando cambiar a la vez, -en la medida que puedo- las cosas que veo y no me gustan, haciendo lo que pueda… Porque una vez leí un graffitti precioso que decía: “Tu pasividad es complicidad.” Y de verdad que me agitó las entrañas y me dejó tocada de por vida… Hay que hacer algo, aunque sea pequeño, aunque parezca poquito…, porque un poquito de muchos, se convierte en un “muchito”, y oye…, ¿quién sabe?

Por eso voy a decir -con la boca muy grande y la frente muy alta-, que este domingo pasado fue precioso. Porque en casa, -con buenos amigos y respirando amor y buen rollo-, encendimos la chimenea inaugurando así el invierno… Y con todo lo que tengo, lo que no poseo, lo que soy. Lo que no me gustaría ser, lo que quisiera ser y no llegaré a ser nunca, lo que sueño. Lo que detesto, lo que amo y lo que no quisiera tener que odiar… “Es tremendo estar vivo”, y soy consciente de que soy una mujer tremendamete afortunada. Y feliz.

Y soy Todas. Ninguna. Yo sola. Otra.

Pero por suerte, en esto, todas mis voces estamos de acuerdo…

 

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