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Estoy en tus manos

 

 

 

 

 

Anoche formulé, -desesperada-, una súplica…

¡Ojalá lloviera!

Pero el cielo -ajeno a mis desvelos- no estaba por la labor. Se exhibía casi diáfano. Taladrado de estrellas. Con poco más de media luna. Un par de nubes densas, pero lejos. Orión intensísimo. Tan bello. Tan valiente. ¡Tan aguerrido!

Pareciera que iba a poder cansarme de rogar…

En cambio…, conjuradas Damas Oscuras de tinieblas perdidas en el tiempo, y Ángeles Caídos de firmamentos lejanos pero no tanto, el día ha amanecido obstinadamente gris. Y llueve. Bueno, a ratos apenas pintea… Pero es suficiente.

Se desanudan mis silencios.

Encuentro mi voz.

El camino se inventa bajo mis pies descalzos…

 

Desátame.

Desdibuja tus cadenas de los recuerdos que todavía no he conseguido erradicar… Yo prometo hacer lo propio con el eco de mis caderas… Desvanecerlo -a golpes de silencio- de tu piel.

O no. O todo lo contrario.

Piérdete en mí como nunca antes te encontraste en nadie. Enrédate en mis verdades, venga mis mentiras. Acosa y depón mis defensas que para eso las alzo. Juega en mí. Conmigo… Diviértete. Para eso me inventaste: Disfrútame. Negarnos será en vano.

 

Mírame en tus manos. Ahí es donde estoy.

Estoy en tus manos.

 

Rompe todas las fotos que nunca nos hicimos. Quémame en mis cartas. Silencia mi voz en tu cabeza. Tu estómago. Entre tus muslos. Pon mordaza a mis susurros, mis risas. Mis gemidos. Al tibio sendero que en ti provoca cada una de mis palabras. Cúbrete de frío allá donde el calor de mi piel fue incendiándote.

O no. O todo lo contrario.

Quémate. Consúmete en mí. Arde en nuestro infierno de cristal. En el rincón prohibido de nuestra gruta privada. Tan cómodo. Tan frágil. Déjate querer, cubrir y cuidar. Tiritas en el alma. Hombros desnudos como esculpidos de seda y pan recién horneado… Donde echarse a dormir. Donde saciar toda tu hambre. Hombros hechos de sol y de luna para que te olvides de ti mismo. Para que te sacies de besos. Para que no olvides ese lugar sagrado a donde siempre regresar.

 

Mírame en tus manos. Ahí es donde siempre estoy.

Estoy en tus manos.

 

Cómprate cuarto y mitad de distancia. Pon tiempo de por medio. Amontona excusas. Aléjate. Escóndete allí donde ni tú mismo eres capaz de encontrarte. Huye, corre. No me vuelvas a escuchar. Oler. Ni mirar. Cierra todas las puertas, las ventanas. La gatera. Tápiate de mí. De todo lo que te recuerda a mí. De lo que no puede hacer que me olvides. Cuelga el cartel de “Cerrado Porque No Quiero Más!”

O no. O todo lo contrario.

Termínate en mí. Que cuanto ves -cuando no ves más que mis ojos- sea tu principio, tu fin y tu volver a empezar. Cúrate en mis cálidas caricias dibujadas sólo para ti. ¡Como si fuéramos nosotros los que inventamos ayer el verbo acariciar! Mírate en mí. Reconócete en mí. En cada súplica que hago, cada oportunidad que pierdo. Cada lágrima que vierto. Cada sonrisa. Cada agónica espera. Cada silencio.

 

Pero no dejes ¡por Dios! de mirarme en tus manos.

Allí es donde siempre puedes mirarme. Donde siempre estoy.

Y es que -aunque no quiera-… Estoy en tus manos.

 

Pero no te canses. Ni te estreses ni te acabes. Sólo tienes que volver la vista hacia otro lado. Allí donde no estoy. Donde nunca he estado. Donde jamás voy a estar. Ve allí, y quédate. Que no te rocen mis palabras. Mi perfume. Mi voz. Mis labios. Dúchate las ganas de mí. Abandona. Renuncia. Reniega. Como si pudieras vivir sin mí. Como si nunca hubiera existido.

O no. O todo lo contrario.

Ven y anida en mí. Despacio… Salvaje. Será tan cómodo que no querrás salir. Créeme. Sé que será así. Luego descansaremos…, charlando distraídos. Revolcándonos -satisfechos y hambrientos aún- en nuestro mutuo deseo. Consumiéndonos vivos en nuestro propio fuego. Riéndonos de nuestros miedos, preguntándonos por qué. O tal vez, ¿por qué no? Yo me comeré tus labios y tú besarás mis risas. Como si nada más importara. Como si la piel fuera de verdad ley. Mírame. Mírame siempre. Mírame virgen como si antes de ti nada hubiera habido. Dúchate en mí. Respírame profundamente allí donde el placer te duele. Allí donde yo soy más yo que nunca. Y tú mi dueño. Como si yo fuera la mano con que comes. Y a la vez tu alimento. Tú único alimento. Como si nada más existiera.

 

Estoy en tus manos. Sí.

Es cierto.

Pero no importa.

Porque un sueño siempre será un sueño.

Y yo…, una estéril quimera.

Eso sí: Tu quimera.

 

 

Es lo que tiene la lluvia. Que me afila las ganas. Me pone revoltosa. Pelín peligrosa, incluso… ;)  Me espesa las intenciones, pero…, me despierta las palabras.

En fin.

Feliz día gris… ;)

 

 

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