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Archive for 29 julio 2011

Santa (y ángel)

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Santa Beatriz…

Cuenta la historia que fue una joven compasiva y piadosa. Como todas las santas. Pues…, ¿cómo iban si no a canonizarla? Virgen y mártir, hermana de los santos mártires Simplicio y Faustino, rescató los cadáveres de ambos que habían sido arrojados al Tíber, y ella les dio cristiana sepultura. Una traición por codicia hizo que fuera encarcelada y muerta en la misma cárcel. Descansa eternamente -como no podía ser de otra forma- en Santa María la Mayor en Roma.

Dicen también que, Santa Beatriz de Este, -hija del Marqués de Ferrara-, se dirigía a Milán para casarse con el príncipe Galeazzo, cuando recibió la noticia de la muerte de su amado. Tan enamorada estaba, y luego tan triste quedó, que decidió fundar el monasterio de San Antonio de Ferrara, y allí -junto a otras siete doncellas que decidieron acompañarla- murió (virgen de nuevo, parece requisito sine quanon para alcanzar la gloria) allá por 1262 y, claro, también la hicieron santa.

No podemos olvidar tampoco a Beatriz Portinari, dama florentina (1265 ?-1290), que fue idealizada por Dante en su Vida nueva y sobre todo en la Divina comedia. Tras la muerte de Beatriz, -si es que existió- el poeta la convirtió en símbolo de fe, en guía y protectora celestial, según citan diversas fuentes.

Y luego, -cosas del caprichoso destino-, existe una zona residencial llamada Santa Beatriz en el Cercado de Lima, en la ciudad del mismo nombre, capital del querido Perú. En dicha zona -entre otras muchas cosas de interés- se encuentra el hermoso y reformado Parque de la Reserva, que alberga un bello conjunto de fuentes de agua agrupadas en el llamado Circuito Mágico del Agua. (Para que luego digan que no…)

Mmm…

Y luego están las Beatrices del mundo. Las que a pesar de tener un día en que celebrar su onomástica, no son más santas de lo que lo son las piedras o amapolas que descansan al margen del recto sendero. Al pie de cualquier camino.

Ya hablé -algún que otro 29 de julio- de la carencia de mi fe cristiana. En realidad, de mi fe en cualquier religión adoctrinadora y organizada. No voy a repetirme hoy. Ni a extenderme más en el tema.

A mí lo único que verdaderamente me gusta del nombre Beatriz, -además de que lleve zeta (me encantan las palabras con zeta)-, y que rime con emperatriz, matiz, meretriz y feliz…, es lo que significa. Ya sabes…, algo así como “aquella que hace felices a los demás”. Con eso, me va sobrando todo.

Lo dije ya y me reitero con hastiada rabia: Ni soy virgen. Ni santa. Ni nunca lo quise ser.

De hecho: ¡¡¡No quiero serlo!!!

Yo quiero vida.

¡Vida!

Quiero excesos. Y música. Y piel.

¡Y no quiero nunca dejar de quererlo!

No creo en lo de “ir al cielo o al infierno”. En el infierno ya estuve en vida. Y ya le valió madre. Y del cielo lo único que me importa es poder seguir gozando de las estrellas que conforman el firmamento.

El secreto de mi universo cabe en “un verso”. Y si eres valiente, -léeme bien-, te invito a componerlo…

Que me perdonen todas las Beatrizes que antes que yo fueron santas, y las que lo serán después de mí…, incluso aunque no se llamen Beatriz.

Yo sólo soy una mujer. (Y sí, muy, Muy Mujer… :)

No quiero ser más de lo que ya soy. No quiero ser más alta, ni más flaca (bueno, sólo un poco… jajaja), ni más joven (bueno, sólo en algunas ocasiones…), ni tan siquiera más sabia de lo que ya soy.

Me basta con mirar hacia atrás y saber que hice todo lo que pude, que viví todo lo que quise, que disfruté incluso lo prohibido. Y que amé sin medida. Como sólo aman los inocentes. O los culpables. ¿Y qué más da, mientras amen?

Mientras la llama de mi vida sigue brillando…, amo.

Mientras el sol sale y la luna sonríe…, amo.

Mientras mi piel esté tibia y reaccione…, amo.

Mientras Beethoven suena…, amo.

Mientras exista algo que aún no haya leído…, amo.

Y amo mientras escribo porque escribo lo que amo.

Y eso. Precisamente eso. Me devuelve cada día a lo mejor de mí misma.

Y aunque existiera alguna vez una Santa Beatriz… ¿Qué importa? Tampoco vamos a rasgarnos por ello las vestiduras.

Cada quien viva como quiera, pero -sin herir- ¡viva!

Yo prometo intentar no dejar de hacerlo mientras me quede vida. Y te invito -por mi santo- a un rico té, y a que tú tampoco dejes de vivir, ¡nunca!, por más santo que tu nombre diga que eres…

 

 

 

(Por cierto… Hablando de santas… ¡Feliz día a ti también, querida Marta! Te quiero, preciosa supersobri!!!!)

 

 

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La luz de la vela rebota en el cristal y arranca del pequeño frasco reflejos cárdenos…

La indecisa mano se halla a medio camino entre él y la nada. En plena batalla. Los dedos largos -de uñas largas y bien cuidadas-, tiemblan ligeramente suspendidos en el aire. Muertos de miedo. Henchidos de ansia. Debatiéndose. Recreando fielmente la ancestral cruzada entre el bien y el mal.

La piel que cubre la mano, -ahora moderadamente bronceada, tibia  y suave-, consciente más que nunca de su poder callado, gravita turbada sobre el preciado veneno cautivo en su cárcel de vidrio…

El pulso, bajo la piel de su cuello, -también tibia, también suave y también bronceada-, delata la agitación que la atraviesa. La transgrede. Le incita al hambre. Gula, avidez, desenfreno. Le engendra apetencias olvidadas. Acomoda incendios y desata humedades. La vuelve más mujer.

Y eso, sólo de acariciarlo con la mirada.

Si abre el tapón, -si libera la bestia, si destraba la pócima-, sabe que al instante se redimirá la magia. El aire, -hasta ahora respirable-, se enrarecerá convirtiéndose en otra cosa. La dimensión añorada. Pasaporte imposible a malditas noches benditas.

Tiene la certeza de que al escanciar y aspirar la ponzoña, no sólo mutará el aire. Sabe que tiempo y espacio se arrodillarán doblegados al yugo de lo invisible y toda su vida caerá en el maleficio, cederá al deseo, se entregará dócil. Más, ávida.

La mano, pendida aún, sigue dudando.

La vela, -ajena a su cadencia-, continúa alumbrando la encendida querencia. Y los destellos violetas que tiñen su piel de cardenales inventados, la persuaden de seguir adelante… Un poco más. Sólo un poco más.

¡Si lo estás deseando!

……

Y el intenso perfume inunda la noche…

Poison despliega desde su pulido corazón de amatista: Cilantro de Rusia, pimienta de Malasia, canela de Ceilán… Una fragancia para impregnar cada silente rincón de tu cuerpo que, por sus componentes de ricos sabores, acaba por abrir secretos apetitos e incitándote a comer. Cuanto menos, a mordisquear.

Tonos calidos sobre aterciopelados suspiros… Seducción y sensualidad.

Un frasco de perfume puede ser mucho más que perfume en un frasco. Puede ser, -y de hecho es-, todo lo que tú te atrevas a imaginar.

Está vivo. Muta. Te transforma. Te acomoda.

No hay límites. Ni fronteras. Tu carne es tu límite.

Yo suelo vestir mi piel de “Veneno”. Ahora ya sabes por qué.

En mi universo… No conocemos el miedo. Nada es pecado.

Abstenerse aburridos y pusilánimes. El peligro está servido. Lo tóxico se hace ley. No se conoce antídoto.

La batalla es a piel desnuda y en campo abierto. Sin reglas. Sin castigos.

Objetivo: Conquistar y hacer tuyo al otro. Encadenarse al placer.

Único testigo, -mudo-: La luna.

No cabe la rendición. Prohibida la bandera blanca.

Sólo se hará un prisionero: Tú.

 

 

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Tu boda!!!

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¡Dios!

Estoy tan contenta… ¡¡¡Que casi floto…!!!

Y además, si no lo comparto… Si no lo cuento… ¡Exploto!

El amor llega a nuestras vidas de tan distintas formas…

No me importa insistir en que soy una mujer afortunada. Muy afortunada. (En realidad, hago hincapié en ello porque me da un poco de pudor serlo tanto y no estar agradeciéndolo todo el día… ¡Gracias!)

Hace…, como veinte años, el amor llegó a mí vestido -impoluto- de blanco. Alumno de Alva, adolescente responsable, maduro para su edad…, encontré en aquel jovencito de dieciséis o diecisiete años, un alma gemela nueve años menor que yo, que iba a enseñarme, -sin que nunca llegáramos a amarnos al uso-, ¡tanto sobre el amor!

Pronto establecimos contacto y supimos, de alguna forma, que al hallarnos, habíamos llegado a un lugar importante. Yo a él. Él a mí.

Nos encontramos en la música… Tan grande, tan importante para ambos. Y en el baile… ¡Cuántas veces cerramos los ojos, acompasamos nuestros cuerpos y nos dejamos llevar por la misma cadencia de un ritmo que nos unía más si cabe! Sergio Dalma (en su momento), Michael Jackson y Barbra Streisand fueron construyendo nuestro camino juntos…

A lo largo de estos últimos veinte años Javi y yo hemos volado muchas, ¡muchas veces juntos!

Desde su tierna adolescencia hemos compartido lo más profundo de nuestras esencias… Yo he vivido con él los impulsos de su corazón, sus relaciones personales, sus logros y éxitos laborales, sus risas (tan bonitas) y sus llantos. Sus amores y sus desencuentros. Y me siento inmensamente feliz -y honrada- de haber podido estar ahí… Y él ha caminado a mi lado, escuchándome, sorprendiéndome, regalándose, participando también de mis sueños y mis desvelos…

Creo que desde muy pronto nos amamos.

Recuerdo aquellas cenas más o menos multitudinarias, en que la peña acababa disolviéndose en la noche, y quedábamos él y yo a solas en el balcón del piso de La Eliana… Allí contábamos estrellas, nos participábamos sueños, dibujábamos futuros con alas de colores…

No sé por qué, pero siempre, ¡siempre!, creí en él.

Que claro…, no es difícil. Era una apuesta ganada.

Javi es persona noble de nobles intenciones. Corazón grande. Sensibilidad encendida. Férrea voluntad. Magia en la sonrisa.

Sí, decididamente, amarlo siempre resultó muy sencillo.

Fue creciendo mi adolescente querido… Londres intentó interponerse en nuestro camino pero ya lo dice la canción… “La distancia es como el viento, apaga los fuegos pequeños, pero aviva los grandes.” Y nuestro amor, puro y sentido, era, evidentemente, un fuego grande.

Luego, -convertido ya en un hombre-, se afincó definitivamente en Madrid, y de nuevo supimos ganarle la partida a la distancia, que nunca, ¡nunca!, perdimos ni el contacto ni el cariño. Cartas de papel primero, internet después, y teléfono siempre, -amén de esas benditas visitas relámpago- nos ayudaron siempre a seguir queriéndonos con y a pesar del paso del tiempo y los largos recorridos.

Sufriendo cuando el otro sufría y felices de la felicidad del otro, hemos aprendido a seguir amándonos contra viento y marea, hasta llegar a hoy. A esta noche. Veinte años después.

Y aquí estamos, Javi.

¡Y te casas!

Y Mario es un hombre maravilloso…, ¡que te sienta tan bien!

Esta noche hemos cenado los cuatro juntos y me he complacido de nuevo en tu vuelo, Javi…, tan bello, tan alto… Con tus hermosas alas extendidas como una mezcla perfecta de noble águila y ave fénix de leyenda…

Vale. Tarjetón de boda.

Mmm… No me gustan demasiado las bodas… Pero hay bodas que me encantan. Y de entre las que me encantan, están las bodas que no me perdería nunca… Esas bodas a las que vas porque si no pudieras ir, te ahogaría la pena.

Tu boda es una de esas bodas que por nada me perdería. Quiero verte (¡tan guapo!) comunicar a todos los que os queremos, que estáis enamorados y que queréis apostar por vuestra vida juntos. Eso vais a hacer. Eso es una boda de verdad. ¡O como quiera que se quiera llamar! Y será emocionante. Una de esas bodas donde poder llorar a gusto, de puritita felicidad…

Pero hoy he recibido un regalo más grande, si cabe, que el hecho de ser invitada a esa boda… Me habéis pedido que sea…, ¡¡¡vuestra maestra de ceremonias!!!

Si apenas puedo creerlo…

Dios!!! Desde entonces, -y ya han pasado unas horas-, me tiembla todo el cuerpo… En serio!!! Bueno, lo habéis visto. La emoción me tiene todavía bloqueada…

No. No puedo creerlo…

Pero… Sí! Sí quiero!!!! Jajaja!!! (¿Qué respuesta hay, más apropiada, tratándose de una boda?) Pondré mi alma, mi voluntad y todas mis ganas, -en lo que a mí, humildemente, se refiere- para que ese día sea uno de los más bellos de vuestra vida.

Y gracias. Gracias. Gracias. (Gracias también por el otro regalo, mi amor. Nunca os lo agradeceremos lo bastante… ¡Mil gracias!)

Pues sí. Allí estaremos. Puntuales en nuestra cita con el sol hundiéndose a nuestra espalda entre las aguas infinitas del océano Atlántico.

Y desde allí, Javi, te veré una vez más desplegar las alas y surcar el cielo. Y esta vez…, no lo harás solo.

Desde la arena, emocionada y en silencio, sonreiré al verte… Como nunca. Como siempre.

Te quiero.

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